jueves, 25 de junio de 2015

En las aguas del Atlántico, latitud Rockaway Beach

El termómetro marca más de treinta centígrados y el índice de humedad no necesito saberlo porque lo siento en la piel pegagosa. Mi apartamento se torna entonces un horno y Brooklyn un baño al vapor. Es mejor huir.

Camino, luego agarro el bus Q35 cerca del college y pronto llego a Far Rockway Beach. Encuentro a mis amigos en las cercanías de la playa. Tres de ellas crecieron en este barrio y se bañaron cuando niñas en esta altura del Atlántico mientras yo me bañaba en las playas del Pacífico costarricense. Ahora dos de ellas traen a sus niños.

Caminamos un poco por la playa. El sol de media tarde aún quema un poco, pero pronto descenderá para solo acariciar la piel. La arena húmeda se siente deliciosa en los pies descalzos y refresca el cuerpo.

Tomamos turnos para nadar. Mientras unos cuidamos chiquitos, otros nadan. Hasta que finalmente entro al agua. En aquellas épocas de infancia centroamericana, ni me imaginaba que el mar pudiera estar tan frío.

Hoy lo sé pero no me acostumbro. De todos modos, entro corriendo al mar y me clavo bajo la primera ola. De otra forma, me paralizo y me quedo con el agua por la cintura. Mi cuerpo siente el shock pero pronto se adapta y se relaja y entonces disfruto el vaivén de las olas y jugueteo, zambulléndome bajo ellas o brincando y flotando sobre ellas antes de que revienten.

Su vaivén me mece.  Me mece su vaivén. Su vaivén me mece. Me mece su vaivén.


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