El viernes me parecía, por los períodicos y los chats, que toda Tiquicia esperaba ansiosa el partido de la Sele tica en México. Pero así como cuando se espera que Costa Rica pierda, gana, cuando se espera que gane, pierde. Entonces en vez de buscar un restaurante mexicano o un bar latino para ver el partido, me fui a pasear musicalmente por Brasil y Colombia sin moverme de Barbès. Tuve razón. Los ticos nos quedamos en hablada de otro Aztecazo, pero al menos yo disfruté.
Esperaba que Regional de NY se presentara con una formación que les permitiera pasar del choro al forró, para bailar ritmos nordestinos. Tenía ganas. Pero aunque llegó el acordionista, faltó percusión. En cambio, esta vez ofrecieron algo inesperado e interesante. Eran cinco intrumentos: la guitarra, el acordeón, la pandereta, la mandolina y, para mi sorpresa, un violoncello. Y así organizaron una roda de choro inusual, sin viento: ni flauta, ni clarinete, ni saxofón pero con una violoncello. En un momento especial, se le unió una vocalista, una cantora de samba de piel dorada, ojos verdes, rizos rojizos y voz cálida que intrepretó sambas de Cartola. Eso me recordó a Analúcia, la morena paulista de rizos negros y sonrisa amplia que me presentó no solo a Cecília Meireles con su propia animación del poema "Pescaria," sino al samba de raíz con su tema favorito, "A Sorrir (O Sol Nascerá)" de Cartola. Pero de la ensoñación pronto regresé a Barbès porque tenía a una bahiana cantando ahí mismo, y del samba de Cartola pasó a interpretar piezas de Dorival Caymmi. Luego los músicos regresaron al choro y cerraron con una versión sensacional de "Um a Zero" de Pixinguinha. ¡Qué maravilla! Mi primer cd de choros de Pixinguinha también me lo grabó Analúcia. Pero esta versión me gustó en particular porque cada músico tocó un solo de la melodía principal: primero el cello, luego la mandolina, de seguido el acordeón y finalmente la guitarra, antes de que el panderetero improvisara un solo sensacional de percusión para cerrar todos juntos de nuevo con la melodía principal. ¡Qué delicia!
Ya eso habría sido suficiente deleite musical para una noche. Pero yo andaba goloso y quería cumbia y marchas colombianas interpretadas por Chia's Dance Party. El líder del grupo, Martín Vejarano, es un tipo buena gente y excelente músico que ya me había alegrado la vida junto con uno de sus otros conjuntos, Cumbia River Band. En éste es clarinetista y pensé que ese era su instrumento, como Xinia en sus inicios, pero resulta que es principalmente percusionista y con Chia's Dance Party toca batería. La formación del conjunto era también muy especial, percusión y viento metal nada más: batería, saxofón soprano, saxofón alto, tuba y bombardino o eufonio. Éste último yo ni lo conocía pero resulta que es "uno de los ejes de la cultura musical del Caribe" colombiano. La música de Chia's tiene raíces populares y folclóricas, pero las composiciones y los arreglos de Martín son sofisticados. Él le ponía toda la energía a la batería y la voz y los demás se fajaban con sus instrumentos. El músico del sax soprano era Lívio Almeida, un paulistano que ya había conocido por medio de M. S.-A., la chilenita de los rizos castaños. En el intervalo lo saludé y de hecho me confirmó que a los arreglos de Martín había que entrarles con todo, que era música que demandaba toda la energía física del instrumentista. Se notaba. Pero para eso estamos los bailarines de la audiencia, para acompañarlos. Entonces también le dimos con todo al baile, a paso de cumbia pero de vez en cuando con marchas y ritmos complejos que te obligaban a escuchar y dejarte ir un poco.
Y así me dejé ir. Como lo veía venir, los ticos en la cancha del Azteca esta vez no hicieron nada. Pero yo me la pasé rico, de Brasil a Colombia con el choro y la cumbia experimental.
El lunes Alba me encontró esperándola despierto. Quizá por ello, me sentí un poco molido todo el día de clases. Regresé a mi casa a dormir una siesta que me revitalizó. Me desperté dispuesto a salir a bailar con Yotoco en Barbès. "P'allá me jui" a darle la bienvenida a Primavera. Había poca gente, pero Sebastián, Nati, Gabo y los muchachos nos regalaron un buen concierto a los que llegamos. La feria fue la presencia de Roberto, un músico de Santa Marta que toca música de gaita colombiana. Al final del primer set, Roberto se unió a Yotoco, tocó su gaita y cantó, mientras Sebastián tocaba otra gaita y maraca al mismo tiempo, y el resto acompañaba. En el instante le mandé un audio a Xinita en Costa Rica. Me respondió: "Eso puede bailarse como swing criollo. ¿Qué es?" Le expliqué que era gaita, el origen de la cumbia. Nos gustó.
En el intermedio pedí una negra irlandesa en la barra, levanté la jarra a la salud de la Divina y la Primavera, bebí el primer sorbo, y busqué Sebastián. Me presentó a Roberto: buena gente, me explicó el origen indígena de la gaita y la adaptación que hicieron para sus ritmos los afrodescendientes en Colombia. Sólo esto ya valió el boleto. Pero en el segundo set además de cumbia hasta bailé un bolero y un chachachá con una gringa animada: aunque no diera bien los pasos, se adaptaba y disfrutaba. Terminé feliz, me despedí rapidito de los chochamus y regresé a casa. El tiempo primaveral estaba tan agradable que caminé hasta casa. Me acompañaron mi Sol de media noche, dos mapaches en busca de comida y un gato negro con una estrella blanca pintada en el pecho y la cara. Cosas veredes un martes de madrugada en las cercanías del parque.
Las muchachas de Ladama Project entran al escenario en Union Pool, un bar de varios ambientes, incluyendo billares, un gran vestíbulo y la sala de conciertos, en Williamsburg. Para las chicas es su último concierto de esta gira por la Yunai que ya ha cumplido cuatro meses. Las conocí un poquito tarde pero me alegro de escucharlas una vez más antes de que Mafer regrese a Barquisimeto, luego Daniela a Bogotá, Lara a Recife y Sara se quede solita en Brooklyn.
Este sábado abren con "Porro Maracatú" y me embeleza escuchar a Daniela rapeando mientras toca el tambor alegre. Luego tocan "Pajarillo" y la bandola de Mafer me lleva a la Venezuela de mi Sol. Y de allí continúa la alegría y la belleza recorriendo toda América. Sara, quien es de San Luis, Misuri, homenajea a Chuck Berry pues ha fallecido. Ella creció en el barrio del rockero negro y su mamá fue maestra de los nietos de Berry, explica. Se luce la misuriana con un clásico de los sesenta y por primera vez me doy cuenta que su potente voz en inglés tiene tonos cálidos afroamericanos, herencia de su barrio. Las chamas se lucen además con nuevas piezas. De todas, la mejor es "Sin amarras," canción de letra feminista que Daniela, la autora, le dedica a todas las mujeres en la audiencia. Cierran con "Cumbia brasilera," la pieza más bailable de todas en vivo, y el corazón se me inunda de alegría como el cuerpo. Pero la audiencia pide "otra, otra, otra" y las garotas complacen con "Boa noite," un coco, ritmo recifense. Después del concierto, conversamos bastante. Daniela está muy feliz, dice. Mafer anda alegre y bailamos un poco con la música del DJ. Luego converso con Lara y me entretengo escuchando su acento pernambucano. Saudades do Recife.
Al rato, las muchachas tienen que sacar sus instrumentos de la zona de detrás del escenario. Es hora de decir "hasta luego". Las gurias a lo suyo, yo a lo mío. Se van a casa pero regresan en setiembre a Brooklyn a lanzar su disco que ya ha quedado grabado.