Con imágenes del Pacífico Mesoamericano en mente y con sensación de amor abundante en mi piel y mi corazón, salí de Brooklyn rumbo al aeropuerto. De camino vi las nubes bajas acariciar las aguas del río Hudson y velar la estructura del puente Verrazano. Más allá, entre la niebla, se abría la mar. De nuevo viajo del norte al centro de América y del Atlántico a mi valle entre el Caribe y el Pacífico. Y llevo todo ese amor en mi mente, mi corazón y mi piel.
Ciudad Juárez y El Paso son ciudades erigidas en el desierto chihuahuense. El paisaje a su alrededor es seco: roca, tierra blanca, arena y algunos arbustos. Tanto las sierras como las planicies son áridas. La belleza del desierto es austera. Regresé a Brooklyn con deseos de sentir el frescor del agua y el aliento del bosque. Cada día desde mi regreso he caminado por las orillas del lago y bajo la sombra de los grandes árboles del bosque primario en Prospect Park.
Agua y bosque me han refrescado. Por momentos incluso he sentido, como hoy, el roce de un ángel de la guarda. Creí escuchar su voz. Quizá era la suavidad de la brisa acariciando mi piel y su murmullo al hacer danzar el follaje en el dintel del bosque.
Volver a bailar: estrategia para volver a la vida. En la noche dominguera busqué a mis amigues para recibir la semana con la rumba de Musa en Sisters. Ahí nos reunimos a bailar y cantar. Lo necesitaba como desahogo.
Y me expresé no sólo con los movimientos de mi cuerpo sino con mi voz. Siempre bailo en la rumba pero nunca canto. Tiendo a escuchar los llamados del cantor y las respuestas del coro sin unir mi voz.
Sin embargo anoche el Maestro cantor empezó un llamado al cual el coro de rumberos respondía: "¡Adiós soledad!" Se movió mi espíritu y quise cantar también entre amigues, aunque fuera un ratico: ¡Adiós soledad! Me sentí amparado por las voces en coro.
Niall y Clare han sido mis amigos desde que llegué a Brooklyn. Niall incluso fue mi compañero de apartamento cuando ambos nos mudamos a Nueva York. Después ha habido muchos cambios, muchas mudanzas. Pero siempre hemos sido amigos los tres. Y ellos, felizmente, se casaron.
Hace tres años me pasé del barrio brooklynense de Kensington al de Windsor Terrace para vivir más cerca de ellos. Hemos sido vecinos aquí por casi tres años. Hace cinco meses nació Saoirse, su hija, y hemos sido vecinos los cuatro desde entonces. Han sido mi familia aquí en las cercanías del Parque Prospect.
En este hermoso sábado primaveral llegó el momento de su mudanza a la península de Rockaway. Allí estarán más cerca de la familia de Clare. Esta semana he estado ayudándoles con los preparativos. Me sentí privilegiado de acompañarlos mientras íbamos empacando sus cosas y desmontando un hogar para crear otro. Mientras lo hacíamos, Saoirse nos miraba con sus grandes ojazos azules y nos sonreía.
Ya les dí el abrazo de despedida y los vi partir. Me quedé un toque solo.
Es tiempo de transformaciones primaverales. Con alegría y valentía les doy la bienvenida.
Hoy, como ayer, me desperté antes del alba. Cuando la divinidad de manos níveas acarició mis párpados, yo ya estaba despierto, respirando conscientemente y agradecido por el nuevo día.
Se siente el renacer de la primavera en el ambiente. Ya se han abierto las primeras flores de crocus, con sus pétalos lila y estambres naraja. Ya cantan los gorriones y ¿los mirlos? Ayer, atravesando el parque Prospect, vi la primera pareja de cardenales volar entre arbustos a orillas del lago. Y yo, después de una ilusión truncada, ya no lamento lo que no viví en la India, sino que espero el alba despierto, con buenas expectativas de lo que me traerá el nuevo día.
Mi familia me ha enviado fotos bellísimas de mi jardín josefino esta semana. La bougainvillea veranera está cargada de flores blancas como ángeles. El arbusto frente a la ventana de mi dormitorio por primera vez floreció: sus hijas son lila y se agrupan en manojos colgantes. ¡Y los lirios rojos no se esperaron hasta abril y florecieron en febrero!
Toda esta belleza brota gracias al cuidado de mis papás, jardineros fieles y amorosos.
Tanta belleza y tanto cuidado me causan alegría. También, si no me cuido, me pueden causar nostalgia, melancolía, tristeza por mi ausencia, más allá de morriñas y saudades. Para cuidarme, mantenerme presente y sobrellevar esta fase de mi vida peripatética, procuré también belleza brooklynense esta semana. La encontré en dos nevadas leves. Tanto ayer jueves como hoy viernes, al despertar descubrí que durante la noche había nevado. No mucho. Apenas lo suficiente para dejar una capa fina de nieve - a gentle dusting - sobre las aceras, los jardines, las ramas deshojadas de los árboles, los techos. En el resplandor intenso de esa capita de nieve bañada por el sol, encontré la belleza que necesitaba para mantenerme presente y atento a mi entorno y al mismo tiempo alegrarme por los florecimientos en mi jardín y el amor de mi familia.
Hay amores que renacen. Como este amor por el Japón. Nunca ha muerto en realidad aunque por momentos se adormece por las presiones de la vida académica o por otros intereses. Pero como todo amor verdadero, basta algún pequeño detalle para que reviva: la melodía de alguna canción, el tono íntimo de alguna conversación, la fotografía de algunas escenas cinematográficas en Tokio o Kioto, el sabor de las bocas asadas y cervezas frescas en una izakaya.
Hoy leía placenteramente junto a la ventana de mi dormitorio mientras el sol de media tarde me acariciaba la piel. La luz intensa y dorada iluminaba las hojas de las suculentas y la orquídea, mi familia vegetal. Leía las primeras páginas de Pasajes de Mariela Graciano, novela en estilo de diario sobre una científica argentina que viene de pasante a Nueva York y acaba inmigrando.
El calorcito del sol me adormecía por lo que, al estilo de Pasajes, me puse a divagar sobre viajes y migraciones. Recordé un pequeño sueño de años atrás: vivir un par de años en el Japón, no sé si en la elegancia y serenidad clásicas de Kioto o el vértigo moderno de Tokio.
Entonces recordé que ya se estrenó la película Manbiki kazoku (Un asunto de familia) del director Hirokazu Koreeda. Cerré las páginas de Pasajes, me abrigué y me fui al cine del Brooklyn Academy of Music a ver la película. Me senté tranquilo en mi butaca y por un par de horas me dejé llevar a las calles de un barrio en los confines de Tokio para conocer las vidas de sus personajes enternecedores y solidarios. Son un grupo de extraños marginales que conforman una familia afectiva aunque no los una la sangre. De alguna forma, viajé de vuelta al Japón.
Recordé conversaciones con amigues como Dai-san, Ai-san y Mizuho-san, quienes me confesaban que en su sociedad encontraban oportunidades profesionales, mucha exigencia y poco espacio para la ternura, para el ludismo, para el cariño. Creo que mi calidez latina les atraía por eso. Hicimos lindas amistades. Formamos una especie de familia por seis meses cuando viví en Tsukuba. La película me hizo recordarles con aprecio: con Amor que renace.
Ha sido una semana de amaneceres esplendorosos y de mañanas luminosas y frías en Brooklyn. Cada amanecer, cada mañana, ha sido un renacer a la Vida.
Tres veces atravesé temprano el Parque Prospect, bordeando el lago, de camino al campus. Cada mañana fue diferente. El lunes predominaban las gaviotas flotando blanquitas sobre el agua grisácea, recordándome con sus voces agudas que el Atlántico está cerca. El miércoles graznaban los gansos, sobrevolando el lago y acuatizando con alborozo en la superficie azulada. Hoy reinaban la paz y el silencio sobre el verde mate del agua.
El martes, en cambio, desayuné y conversé en un café de mi barrio con la Luna, el Sol y las estrellas, todas reunidas en una sola mesa. Conversamos sobre Lost in Translation, Tokio, Kioto, los viajes, el Amor, la Vida.
Todo esto me ha hecho escuchar en mi mente, y en mi estéreo aquí en casa, la canción "Tokyo Sunrise" de LP, en especial estos versos:
Some day in the sky we'll see the same sun on the rise, yeah Wherever you go Far as Tokyo I can say I'll see you again ... My love is never gone away It's gonna come around someday I'll see you again
Es una visión esperanzadora para personajes como Bob y Charlotte en Lost in Translationy para los románticos como yo. Dos amantes que se malentienden o se desencuentran, se entenderán y encontrarán, algún día, en Tokio para mirar el amanecer juntos.
Yo me imagino al Sol naciendo e iluminando la bahía mientras dos amantes se abrazan y ella apoya su cabeza en el hombro de él.
Mientras caminaba en la penumbra de este anochecer por las calles mojadas y veladas por la neblina de Brooklyn, compuse un haiku en mi mente:
Garúa. Niebla. Llovizna atlántica. Cielo sin Luna.
Pensé en titularlo Tsuki no Haiku (月の俳句) o Haiku de la Luna. Pero me pareció un poco triste para mi ánimo sereno de estos días. Recordé en cambio dos imágenes de mis visitas de este año al Estado de México.
En Teotihuacán, las pirámides del Sol y de la Luna se acompañan desde hace casi dos mil años. Miré con gozo a la Luna desde el Sol y al Sol desde la Luna. Desde la terraza-observatorio en el punto más alto de Tetzcotzinco, el palacio de veraneo de Nezahualcóyotl, hace un par de semanas vi a la Luna aparecer a media tarde en el cielo azul al este mientras el Sol comenzaba a descender al oeste, tiñiendo al cielo de sutiles amarillos y naranjas.
Al recordar las vistas, compuse otro haiku, pero no con mi mente sino con mi corazón:
Luna naciente. Sol poniente. Amantes en mi corazón.
Al Sol y la Luna juntos en nuestros corazones: ¡Salud!
En este caso, es una balada tuyera de Edward Ramírez y Rafa Pino, un dúo venezolano, que cuenta la historia de un encuentro entre un Claro de Luna y un Lucero.
"Tan solo al ver tus ojos caí en la cuenta: te conocía"
Imaginé a dos amantes andando su camino, atreviéndose a iniciarlo y perseverando en el trayecto. El amor los lleva a soñarse juntos en Osaka, donde reciben al amanecer al asahi (朝日), el Sol matinal.
Me complací en imaginar que yo era uno de los amantes en Osaka, con mi espíritu rebosante de bienestar (元気).
Y me regocijé en imaginar a mi amante saludando conmigo al asahi (朝日).
Salí de acupuntura renovado. Me fui a Koto Sushi en la esquina serena de las calles de Carroll y Henry. Pedí una cerveza Asahi para acompañar a mi almuerzo bento.
Hay épocas en que me gusta guardar silencio, caminar, observar y sentir en soledad. Por ello me identifico tanto con la escena en que Charlotte viaja sola a Kioto en la película Lost in Translation.
Pero a veces me viene bien, en medio de esas épocas de silencio delicioso y solitario, encontrarme con un buen amigo. Anoche, a pesar del cansancio después de dar clases, nadar y trabajar, fui hasta Japan Society en Manhattan para encontrarme con Greg-san, mi buen compa de las clases de japonés y primer editor de mi libro. No nos veíamos desde el inicio de la primavera.
Caminamos hasta la izakaya o taberna japonesa Riki. Allí solíamos reunirnos con Alanka-san y Robert-san después de clase. Ahora Alanka vive en Tokio, cerca del parque Ueno, y Robert vive en Hachioji con su familia. Quedamos Greg y yo en Nueva York. Con bocas japonesas -- calamar, pescado y pulpo asados -- y cerveza Kirin, nos pusimos al día.
Y comentamos por más de una hora esa misma película, Lost in Translation. ¡Greg la ha visto como veinticinco veces!
Entre muchas otras cosas, comentamos la escena en Kioto cuando Charlotte observa la procesión matrimonial de una pareja con vestimenta tradicional. La cámara enfoca un momento en que el novio le ofrece con cuidado su mano a la novia y ésta se la acepta con delicadeza. A mí toda la escena me alucina y me recuerda la vez que estuve en ese templo en las montañas que delimitan Kioto hacia el este.
Greg me hizo ver que esta escena se ve reflejada después en el bar del hotel en Tokio, cuando Bob le ofrece su mano a Charlotte y ella se la acepta. Es una de mis escenas favoritas. Compartir el placer de algo tan simple pero significativo es señal de una buena amistad.
Nos despedimos en la estación de trenes Grand Central ya cerca de la medianoche. Cada uno tomó su rumbo. Yo regresé a mi silencio tranquilo en Brooklyn, con la certeza de que vivo en el corazón de mis amigues así como mis amigues viven en el mío.
"Sola en Kioto" (Observar detalle de la mano al 1:48)
Tláloc vino a visitarme hoy porque me cayó toda su lluvia encima. Con él llego Kaze pues sus ventiscas me azotaron también.
Después de dar clases y nadar, pretendía venirme del campus de la U a casa pero justo entonces se desató un diluvio atlántico. Tuve que regresar a mi oficina, empapado porque no andaba paraguas cuando empezó a desahogarse el cielo.
Trabajé un buen rato mientras esperaba a que pasara la tormenta. Se pusó el sol a las 4:31 pm. Media hora después ya era de noche. A las 6:00 pm la oscuridad era profunda. Yo continuaba trabajando y esperando a que acampara. Finalmente me convencí de que debía irme a casa. Me abrigué, agarré el pequeño paragüitas que guardo en mi oficina y salí a la intemperie.
Tláloc, dios mexica de la lluvia, y Kaze, el viento japonés, se encontraron en Ciudad de México, me extrañaron y vinieron a visitarme en Brooklyn. Cantaban y danzaban juntos. Hacían su fiesta de agua y aire para alegrarme.
Me uní a la fiesta. Mientras atravesaba el Parque Prospect con mis pies ya empapados, brincaba de aquí para allá, capéandome charcos y a veces cayendo en medio de ellos. Con mi voz desafinada y mi corazón apasionado cantaba el bolero de Armando Manzanero: Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú.
Me detuve junto al lago y lo saludé. El espíritu de Tláloc lo había poseído. El ímpetu de Kaze lo encrespaba. Yo lo admiraba, extasiado y feliz.
Además iba animado y jovial a dar mis clases. En la clase de literatura conversaríamos sobre el ensayo sobre la amistad de Ralph Waldo Emerson y en la de filosofía americana veríamos el filme Captain Fantasticpara luego analizar el experimento anarquista de los personajes. Osea, iba a deleitarme aprendiendo con mis estudiantes. Entonces, en plena caminata por la avenida H, veinte metros antes de la estación del tren Q, me entraron al teléfono dos textos de Niall.
Eran dos fotos: una de la pequeña Saoirse envuelta en una manta, con sus ojos cerrados y sus cachetotes inflados, y otra de Clare sonriendo con su rostro juntito al cachete derecho de su hija Saoirse dormida y Niall acariciándole tiernamente el cachete izquierdo. Me detuve a mirar las imágenes de felicidad y me brotaron lágrimas de alegría.
Supe entonces que la lluvia de hoy no era triste: era el mismito cielo llorando de alegría.
Song of the Sea: Filme animado sobre una niña llamada Saoirse
Contemplar los celestes y amarillos pastel del cielo reflejándose al atardecer en las aguas del lago. Ver tu sonrisa iluminar la biblioteca. Admirar una gaviota tornarse dorada en pleno vuelo al reflejar la luz del sol poniente. Observar un arce de follaje bermejo rodeado de arces verdiamarillos en el parque. Recordar entonces los bosques ardientes de las montañas de Kioto en octubre. Sorprenderme al ver el tono vino tinto del follaje de la hiedra en el jardín. Compartir un pan de muertos y un té en el Día de los Muertos. Ver Lost in Translation y comentarla con el corazón abierto. Imaginar el próximo viaje a Kioto.
Mi día empezó un toque mal, en apariencia. Salí temprano de mi casa, caminé hasta la parada del bus y esperé. Normalmente el B68 pasa cada diez minutos, pero se demoró veinte minutos en pasar.
No me molestó pues la mañana estaba deliciosa para disfrutar al aire libre. Pero cuando me monté al bus e intenté pagar el pasaje con mi tarjeta de transporte público, me di cuenta de que ésta había expirado ayer. El chofer del bus, malencarado, me echó del bus sin misericordia. Y yo que había salido temprano, ya iba tarde a dar mi primera clase en la U.
Pero no me dejé malhumorar. La mañana otoñal era hermosa, de sol radiante y aire puro y fresco. Decidí atravesar el Parque Prospect a pie, hasta la estación del tren Q donde podía recargar mi tarjeta de transporte.
Me puse los audífonos y mientras caminaba por el parque y apreciaba el brillo del sol reflejándose en la superficie del lago, escuché la canción "You are My Sunshine": Eres mi luz de sol.
Es una canción folk de Louisiana, de letra sencilla y bella. En realidad es una canción triste, pues es de un desamor, de una amada que se va llevándose su brillo. Pero a mí me alegran estos versos:
Me gustan pues son alegres, agradecidos y amorosos: "Sos mi luz de sol. Me alegrás cuando el cielo está gris. Nunca sabrás, querida, cuánto te amo". No hay lamentos, como en otros versos de la canción.
Los escuché con gusto al cruzar el parque. Y a fin de cuentas agarré el tren Q y llegué a tiempo a la U. El día me pareció más brillante.
Por la tarde, en un momento alegre y agradecido, espontáneamente canté esos versos. Y mientras nadaba en la piscina de la U, iluminada por el delicioso sol de media tarde, seguía cantándolos en mi mente. Sunshine, lovely sunshine.
De vuelta a casa, atravesé el parque en dirección opuesta. La luz ya era tenue y el lago aparecía azulado. Me detuve a dar gracias en su orilla pues el día pareció empezar mal, pero en realidad resultó excelente. Y esta noche, para rematar, la luz de luna llena brilla sobre Brooklyn. Moonshine, lovely moonshine.
Sunshine con imágenes de Sunnyside de Charlie Chaplin
Las muchachas de Ladama Project cerraban el domingo su gira de seis meses con un concierto en Union Pool. Las conocí en una fiesta en Brooklyn hace un año medio, escuchándolas tocar en vivo y luego bailando con ellas. Nos hicimos amigues. Y con mi corazón lleno de cariño he visto crecer a su banda y su proyecto social y educativo hasta llegar a culminar con éxito esta gira de su primer álbum, Ladama.Así que asistí al chivo sin falta.
Me encontré con la agradable sorpresa de que la cantante Ana Carmela Ramírez, acompañada por el cuatrista Jorge Glem, abrían con un recital de música folclórica venezolana. Carmela con sus interpretaciones nos llevó a pasear por toda Venezuela, de Maracaibo a Oriente y de los llanos a Caracas. Glem, extraordinario músico ganador del Grammy, la acompañaba con genialidad. Yo quedé alucinado de cuánta belleza podían crear juntos una voz, un cuatro y dos corazones enamorados de la música de su país. Pensé en mi Mar venezolana: cuánto le habría gustado ese recital. Mafer, mi amiga venezolana de Ladama, estaba conmovida al escuchar joropos, sirenas y más, como lo estábamos todos en la audiencia.
Luego fue el turno de Ladama. Lara en percusión, Daniela en tambor alegre, Mafer en la bandola y Sara en voz, guitarra eléctrica y percusión, acompañadas de su excelente bajista Pat, tocaron con más soltura, espontaneidad y alegría que nunca. Se nota que han crecido tanto en su arte y sienten tanta confianza en su capacidad grupal, que tocan cada vez con más libertad. Las variaciones vocales de Sara, los solos de Mafer, los juegos de llamada y respuesta en percusión entre Lara y Daniela y muchos detalles más le trajeron un inusitado frescor lúdico a las interpretaciones de cada uno de sus temas: desde Porro Maracatú hasta Cumbia Brasilera, pasando por Elo, Sin Ataduras y Night Traveler.
Como siempre, su fusión de géneros latinoamericanos me cautivó. Yo además de disfrutar la excelente música y bailar a gusto, me sentía alegre. La verdad es tenía el corazón lleno no sólo de cariño sino de amor por esas mujeres talentosas y su proyecto musical comprometido con la justicia social, el feminismo y el simple gozo de vivir.
Cuando terminó el concierto, todos en la audiencia les aplaudimos con entusiasmo y admiración sinceros. Era una delicia estar allí escuchándolas cerrar su gira en su casa, Brooklyn.
Yo me quedé en Union Pool conversando con ellas y luego les ayudé a guardar sus instrumentos y cargarlos en su carro. Me despedí con fuertes abrazos de cada una. Y regresé a casa feliz en el tren de medianoche y pico.
Escuché a Niall Connolly
tocar con su banda en el Rockwood Music Hall después de muchos meses.
Chris en guitarra eléctrica, Brandon en bajo, Lenny en percusión y Niall
en guitarra acústica y voz me infundieron ánimo vital con su rock
independiente. Me había costado recuperar mi nivel habitual de energía
después de un fuerte resfriado. Pero su música me revitalizó. Iniciaron
con "Sum of our Parts," pasaron por "Brooklyn Sky"
y cerraron con "Dream Your Way Out of This One". En medio, repasaron
repertorio seleccionado de los últimos cinco álbumes en estudio. Para
mí, fue un recorrido por nuestra amistad y por mi admiración musical que ya
lleva doce años y continuará. Soy un bendecido de la Vida y su ritmo,
melodía, armonía y poesía.
Andaba de compras por el barrio, enfermo y hecho leña, cuando me encontré con Clare. Me alegré tanto que se me despejó un poco la congestión en toda la cabeza y las vías respiratorias.
Nos había costado mucho vernos recientemente. Entre su agenda y la mía, sus viajes a las Catskills y mis viajes a Latinoamérica, no habíamos logrado coincidir. Entonces encontrarnos así, espontáneamente, un soleado sábado por la tarde en el barrio, fue un regalo de la Vida.
Ella andaba un toque cansada después de una larga caminata. Y las alergias le hacían lagrimear los ojos. Yo tenía la voz gangosa, la vista cansada y la cabeza un toque aturdida. Nos reímos un poco de nosotros mismos al encontrarnos frente a frente porque dábamos un poco de lástima. Pero no importaba. Pudimos conversar a gusto por un buen rato.
Y ella se veía tan linda y feliz con su pancita de casi ocho meses que yo no podía más que sonreír de felicidad por ella y por Niall.
Me contó que sus estudiantes de primaria le han preguntado si tiene un bebé dentro de la panza, si ya fue al médico para estar segura, que cómo se metió el bebé en su panza, qué por qué le crece la pancita y demás curiosidades graciosas de la niñez.
Cuando nos despedimos le di dos abrazos. Y ahora estoy en casa tranquilito, escuchando Bach, completamente congestionado y un toque más aturdido aún. Pero conservo la sonrisa vespertina en mi rostro. ¡Salud!
¡Flores, soles y espirales amorosas! (Foto: Duda Araujo)
¡Hay momentos tan llenos de gozo en la vida! Anoche mis amigues de Yotoco hicieron la fiesta de lanzamiento de su segundo álbum, Brooklynense. Yo andaba cansado y sentía que se me venía un resfrío encima pero no quería faltar. Tenía ganas de festejar con mis amigues esa obra de arte tan rica y sabrosa pa' escuchar y bailar.
Además era el cumpleaños de Sebastián, el líder de la banda y mi buen amigo. Como dijo Nato, su compañera de grupo y de la vida, durante el concierto: "¡Estamos aquí para festejar el milagro que es Sebastián López!" ¡Salud!
Y para rematar, el álbum se titula Brooklynense pues la principal canción es "Cumbia brooklynense", inspirada en uno de los capítulos de mi libro, Loving Immigrants in America. Sebastián escribió la letra en respuesta a lo que escribí en el capítulo sobre el bailar con gente querida como una salida al laberinto de la soledad. Y todos los miembros de Yotoco compusieron la melodía y arreglaron la pieza juntos.
Cuando tocaron "Cumbia brooklynense" anoche, todos mis amigues me rodearon mientras bailábamos juntos. Me rodearon hasta los compas que conozco un poco menos, como el salvadoreño Maravilla y su esposa y cuñada mexicanas, Evelyn y Pamela, y nuevos amigos que hice anoche de México y Puerto Rico.
Sentí alegría por mis amigues de Yotoco, por toda la gente linda que los escuchaba y bailaba a su ritmo, y por mí.
He puesto mi casa en orden. Mi vida, con sus imperfecciones tan humanas, está en orden. A mi corazón, con sus espinas, heridas y cicatrices, también lo he puesto en orden. Es un órgano resiliente y late fuerte.
Khalil Gibrán, en El Profeta, escribe que la paz consiste en sentir, aún en medio del dolor o la tristeza, que estarás bien, que saldrás adelante. Esta mañana de domingo, tomando café de Dota en casa y escuchando forró pernambucano, me siento en paz.
Orden natural: Canal entre islas Cocinera y San José, archipiélago Murciélago