Quise ver American Honey en el BAM Rose Cinema en Brooklyn, pero entre una cosa y otra no me dio tiempo de agarrarla en cartelera. Por dichame la encontré en la cartelera del Magaly en San José. Casi me la pierdo de nuevo, por estar revisando ensayos e intentando terminar los quehaceres del semestre: me vine de Brooklyn y el trabajo se vino conmigo. Pero al final de la tarde del jueves decidí ir a la última función. Salí al atardecer, cuando las nubes ya se teñían de rosa y naranja al oeste, y caminé hasta el Magaly. El tránsito en San José está caótico, es mejor caminar de ser posible. Llegué, entré, subí al balcón y ya me dirigía a mi butaca de siempre cuando decidí cambiar de perspectiva. No sé por qué. Simplemente quise cambiar. Me senté en una butaca más céntrica, en tercera fila. La perspectiva me pareció inmejorable. La cinta retrata la vida de Star, una adolescente pobre y sin opciones de estudio y de vida en Oklahoma. Un poco al azar se une a un grupo de jóvenes que viajan juntos por el corazón de la Yunai, the heartland, vendiendo subscripciones de revistas para sobrevivir. Viajan en una van, duermen en moteles, inventan cuentos y mentiras para venderle suscripciones de revistas a quienes no las necesitan. El filme muestra bien varios aspectos de la pobreza y la desesperanza en la Yunai, un país donde ser pobre es un fracaso y un estigma. La belleza de los paisajes rurales y agrestes, por ejemplo, contrasta con la miseria de las masas que viven vidas en silenciosa desesperación: lives of quiet desperation, según la frase de Thoreau. En este sentido, el título de la cinta y de la pieza principal de la banda sonora es irónico. Nada que ver la vida de Star con la que describe la letra de la canción. Pero American Honey también retrata los sueños escondidos y las ganas de vivir de Star y sus compas. Me volvieron los deseos de hacer un viaje por carretera, un road trip, que ya me había provocado Captain Fantastic. Pero este viaje sería distinto: sería para acercarme a rincones rurales, abandonados de la Yunai. No querría hacerlo por el medio oeste, como la cinta, pues ya lo he recorrido un poco: Indiana, Michigan, Illinois, Nebraska, Kansas, Misuri. Quisiera ir a Nuevo México, Nevada y Arizona: para cambiar de perspectiva como lo hice al cambiar de butaca en el Magaly, un cine en el que he soñado bastante.
Quería terminar la semana bailando, así que llamé a Val, mi compa brasileña. Val es paulista pero lleva ritmo nuyorquino, con dos trabajos y muchos quehaceres, así que a veces nos cuesta vernos. Pero le pregunté:
- ¿Vamos a bailar? - Vamos. Hay un grupo colombiano de cumbia que quiero escuchar, Uribe. Creo que tocan esta noche. ¡Que nadie me atrase! De una vez busqué la información. La Uribe Big Band tocaba en el Ginny's Supper Club en Harlem. Yo quería bailar y además hace mucho que no iba a Harlem, así que me picaban los pies. Nos pusimos de acuerdo para encontrarnos allí. Agarré el tren F y cambié al A, el famoso A Train que te lleva a Harlem, como en la pieza de Duke Ellington y Ella Fitzgerald. Antitos de las 8 pm ya caminaba por la calle 125, el Dr. Martin Luther King Jr. Boulevard, tomándole el pulso al barrio. Por ahí se camina a otro ritmo, con otro compás, con cadencia propia del sitio. Pasé frente al Teatro Apollo, iluminado como siempre, y poquito después me encontré un rapero, aunque no muy bueno. Ya pronto estaba en la intersección del MLK con el Malcolm X Boulevard y allí mismo estaba el club, en el sótano del Red Rooster. La banda comenzó en punto y Val no había llegado de Queens. Se había perdido manejando con el GPS y había recalado en...!Brooklyn! Me llamó y le dije: -¡Val, es en el Malcolm X Boulevard de Harlem, no el de Brooklyn!-. "Pobre garota, se va a demorar en llegar", pensé.
Había mucha gente y poco espacio disponible, pero me acomodé con buena vista al escenario y desde la primera cumbia me empecé a mover al ritmo. A mi lado había un grupo de muchachas latinoamericanas, muy animadas, una venezolana entre varias colombianas. Justo a mi lado se ubicó una morenita, piel canela, cabello negro largo y ondulado, ojos negros. El resto de las chicas conversaban entre ellas, pero la morenita le prestaba mucha atención a la banda y bailaba discretamente.
Yo estaba como Bruce Springsteen cuando canta en "Dancing in the Dark": "Come on baby, give me just one look! You can't start a fire without a spark". Pero nada. Ella bailando por su lado y yo por el mío. En la última pieza del set, la gente cantaba a coro: "Vida enamorada". Y los dos lo cantábamos. Yo sentí que me miraba de reojo. Quizá percibió una onda latina y una vibra alegre y tranquila, qué se yo. Así me sentía yo, en todo caso. Justo cuando terminó la pieza, nos volvimos a ver. Ella me sonrió, yo le sonreí y cuando le iba a hablar, sentí que me tocaban la espalda. ¡Era Val! La morenita se dio media vuelta y se puso a hablar con sus amigas. Y yo me alegré de ver a Val, pero no podía dejar de lamentar la ironía. Con lo que cuesta encontrar una mirada de esas en esta ciudad de solitarios ensimismados y ¡zás!, cuando la encontrás se desvanece en un momento.
Pero me repuse. Quería bailar con Val, ese era el propósito del encuentro en Harlem. Y una mirada es algo fugaz pero una amistad es algo sólido. Así que en el segundo set nos soltamos y lo bailamos todo, cumbias, salsas y algún merenguito. Y para cerrar, "Ojalá que llueva café." Y sí, ojalá que llueva café en el campo y en Harlem y en Brooklyn. Y que Val y yo bailemos mucho, muchas veces, y seamos muy amigos. Y que esa mirada de la morenita no se me borre de la memoria.