A la hora del almuerzo, entre clases, aprovecho para conversar un poco con una amiga de Vigo. Nos ponemos al día. Son muchos años de amistad y en la conversación hay alegría. Doy las clases de la tarde contento y al terminar no voy a nadar sino que me voy directo a Fort Greene. Como rapidito un plato de hummus, baba ganoush y tabule en una sodita griega y me voy directo al Harvey Theather de BAM. Esta noche es la primera función de Phaedra(s), con Isabelle Huppert en el papel principal. Ya sé que va a ser devastador. Pero el destino me tiene una linda sorpresa. Me siento en mi butaca y escucho que las dos mujeres a mi izquierda hablan castellano. Son españolas pero me llama la atención su acento. ¿Será? Decido investigar.
--¿Ustedes son de España? --les pregunto sin rodeos.
--Sí, ¿y tú? --me responde la más joven.
--De Costa Rica, de San José. ¿Y de dónde en España? --, pues es lo que me intriga.
--De Galicia --responde de nuevo la muchacha.
"Ajá. Yo sabía", pienso, y me congratulo yo mismo. Sigo:
--Ah, yo tengo una amiga de Vigo, justamente conversé con ella hoy.
--Nosotras somos de Pontevedra. Aunque bueno, yo vivo acá en Brooklyn, mi madre ha venido de visita --me dice de nuevo la chica. Y nos decimos los nombres. --¿Y tú vives aquí?
--Sí, en Windsor Terrace.
--Ah sí, yo vivía allí, en la calle 17 con avenida 10.
--Mira vos, pues yo vivo una cuadra más abajo.
De allí la conversación fluye como río por su cauce. Aunque se ha mudado de casa, aún somos vecinos en Brooklyn. Me cuenta que estudió filología francesa y luego española en Santiago de Compostela, hizo un máster en literatura comparada allí mismo, y luego vino becada a Nueva York para hacer un doctorado. ¿En cuál universidad? Pues justamente en CUNY. Le cuento que estuve en Galicia, justo en Vigo y cercanías, y con mis amigos conocí Santiago (ella estaba allí ese año), las espectaculares islas Cíes, y paseamos hacia el sur por la costa hasta la frontera con Portugal. Entre una cosa y otra me cuenta que además de Santiago a ella le gusta mucho Vigo, aunque en realidad hay rivalidad con Pontevedra.
--¿En serio? --le pregunto. --Yo no sabía. Quizá porque mi amiga tiene mucho vínculo con Pontevedra también.
--Sí, hasta en el fútbol. Los equipos se odian, aunque la verdad es que nosotros nos existimos, pero igual.
Y por ahí vamos conversando, hasta que inicia la función. Ella y su madre tienen un desacuerdo sobre el talento de Isabelle Huppert. Pero la interpretación de Fedra es avasalladora. Durante el intervalo me dice que ya no hay duda, la discusión se ha dirimido y Huppert es gran actriz.
Al final nos despedimos con buena vibra. Y yo pienso que del almuerzo a la cena, salí navegando por la Ria de Vigo, rodeé las islas Cíes, entré a la Ria de Pontevedra y desembarqué.
jueves, 15 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
Eid al-Adha en la avenida Coney Island
Cuando me voy del campus ya ha oscurecido y tres cuartos de luna brillan en el cielo. Ya he dado tres clases y nadado. Es hora de ir a casa. La noche es fresca y relaja.
Cuando llego a la parada del bus B68 en la intersección de las avenidas H y Coney Island, me encuentro con dos mujeres jóvenes, musulmanas, vestidas con elegantísimas abayas negras de abalorios plateados cubriéndoles la ropa y hijabs también negros a modo de velo sobre el cabello. Una de ellas lleva un litam negro cubriéndole el rostro, lo cual resalta su ojos oscuros y almendrados. Elaboradas decoraciones de henna, con figuras de flores y arabescos, les cubren las manos.
Pasa el B68 y nos montamos. Viene lleno de mujeres musulmanas vestidas elegantemente por la fiesta de Eid al-Adha. Conmemoran la fe de Ibrahim, quien estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac por obediencia a Dios.
Dependiendo de su lugar de origen, las mujeres llevan distintos estilos de ropas. Me esfuerzo pero me cuesta distinguir procedencias específicas. Sin embargo en general reconozco que algunas proceden de la Península Arábica y Oriente Medio; dos señoras, por sus rasgos, me parecen más bien del centro de Asia, quizá de Kazajistán o Uzbequistán; y otras mujeres, con sus hijas, del sur de Asia, sobre todo de Bangladés. Éstas llevan los colores más fuertes y vivaces, pero hay una muchacha árabe que viste una abaya de rayas turquesa, gris, púrpura y celeste impresionante y su amiga lleva un hijab escarlata que parece de seda brillante.
Todas van elegantes y se han tatuado con henna. Todas se bajan en las paradas cercanas a Church Avenue. Cuando el B68 llega a mi nuevo barrio, Windsor Terrace, ya no queda ninguna. ¡Hay días que extraño Kensington! Me gustaría visitar a mi amigo Fatmir, y su familia, para desearles una feliz fiesta. Seguro esta noche celebrarán juntos. A menudo compartían los platillos conmigo.
Mientras camino a casa me pregunto donde estarían los hombres. ¿Quizá a esa hora estén en la mezquita? No lo sé.
Sé que éste es el espíritu de Brooklyn que me gusta, el que me llega y me alegra. En mi corazón les deseo a mis amigos y estudiantes: ¡Eid Mubarak!
Cuando llego a la parada del bus B68 en la intersección de las avenidas H y Coney Island, me encuentro con dos mujeres jóvenes, musulmanas, vestidas con elegantísimas abayas negras de abalorios plateados cubriéndoles la ropa y hijabs también negros a modo de velo sobre el cabello. Una de ellas lleva un litam negro cubriéndole el rostro, lo cual resalta su ojos oscuros y almendrados. Elaboradas decoraciones de henna, con figuras de flores y arabescos, les cubren las manos.
Pasa el B68 y nos montamos. Viene lleno de mujeres musulmanas vestidas elegantemente por la fiesta de Eid al-Adha. Conmemoran la fe de Ibrahim, quien estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac por obediencia a Dios.
Dependiendo de su lugar de origen, las mujeres llevan distintos estilos de ropas. Me esfuerzo pero me cuesta distinguir procedencias específicas. Sin embargo en general reconozco que algunas proceden de la Península Arábica y Oriente Medio; dos señoras, por sus rasgos, me parecen más bien del centro de Asia, quizá de Kazajistán o Uzbequistán; y otras mujeres, con sus hijas, del sur de Asia, sobre todo de Bangladés. Éstas llevan los colores más fuertes y vivaces, pero hay una muchacha árabe que viste una abaya de rayas turquesa, gris, púrpura y celeste impresionante y su amiga lleva un hijab escarlata que parece de seda brillante.
Todas van elegantes y se han tatuado con henna. Todas se bajan en las paradas cercanas a Church Avenue. Cuando el B68 llega a mi nuevo barrio, Windsor Terrace, ya no queda ninguna. ¡Hay días que extraño Kensington! Me gustaría visitar a mi amigo Fatmir, y su familia, para desearles una feliz fiesta. Seguro esta noche celebrarán juntos. A menudo compartían los platillos conmigo.
Mientras camino a casa me pregunto donde estarían los hombres. ¿Quizá a esa hora estén en la mezquita? No lo sé.
Sé que éste es el espíritu de Brooklyn que me gusta, el que me llega y me alegra. En mi corazón les deseo a mis amigos y estudiantes: ¡Eid Mubarak!
domingo, 11 de septiembre de 2016
Música animista marroquí en la madrugada del 11-S
Salí en noche de sábado para escuchar joropo, música de los llanos venezolanos, en versión de Joropo Jam, con un amigo venezolano y una amiga peruana. Pero algo que me gusta de Brooklyn es que podés acabar la noche escuchando música marroquí con una amiga nicaragüense y otra puertorriqueña, sin esperártelo, mucho menos planearlo. En este caso, era música animista del sur de Marruecos interpretada por Innov Gnawa, cuyo propósito es inducir el trance. Y para recibir el 11-S te ves rodeado de gente asiática, africana, angloamericana, europea y latina que quiere quererse, no matarse, que quiere reírse y bailar junta, no tirarse bombas, que sabe que lo mismo duele un muerto en Iraq, Afganistán, Siria, Paquistán o Yemén que en París o Nueva York, que quiere amarse como la inmensa mayoría de la gente. Y no nos molesta que la música invoque a Alá, el mismo que todos los que hablamos español invocamos cuando decimos "ojalá" y "machalá", el mismo que otros llaman "Jehová" o "Dios" o "God". El que debería unirnos, no dividirnos, incluso a los que no pensamos en un "Él" ni en una "Persona" pero sí en el Amor y la Vida. Lo que nos importa a los que escuchamos la música es que todos somos gente, gente que nace sin bandera ni religión, gente que sin bandera, ni religión, ni cuenta bancaria, ni deudas, ni bienes, regresaremos a nuestro origen cuando pase nuestra vida, breve como hojita de zacate, tenue como hoja de aire.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Sueños: ¿Temas pendientes de una vida peripatética?
He estado soñando mucho. O mejor dicho, he estado recordando mucho lo que he soñado. Creo que es porque acá, al norte del Trópico de Cáncer, la luz matinal se intensifica muy gradualmente y por ello mismo salgo del sueño poco a poco. O quizá sea simplemente porque he estado muy cansado y me cuesta despertarme de una vez. Me espabilo gradualmente. Sea como sea, sueño mucho con Costa Rica.
Hace un par de madrugadas soñé que me topaba en el barrio con mi vecino Francis. Justo el sábado antes de venirme a Brooklyn, sacando el carro de mi hermana de nuestra cochera, no vi el carro de él mal estacionado en la calle y choqué. Apenas le dí un toque, pero el carro de Anto es como un tanque, y le arrugé el cajón al de Francis. Arreglamos el asunto tranquilos, quedando pendientes algunos trámites del seguro, pero yo me vine con la sensación de haber dejado asuntos sin resolver. Además, ese sábado iba sacando el carro para ir a la Feria Verde de Aranjuez. Me quedé sin ir a comer picadillo de arracache, comprar un instrumento artesanal de percusión que quería, tomar café Taza Amarilla, comer helado de paleta y ver a Jahel para despedirme.
Otro día soñé que desde la ventana de mi casa, no sé cuál ni adónde, veía un humedal de aguas cristalinas, rodeado de selva tropical, y con peces multicolores nadando en el agua. Llamaba a mis papás para que lo vieran, por lo que supuse que estaba en nuestra casa, o alguna otra casa, en Costa Rica. Pero ellos no venían y luego me di cuenta de que era porque no me salía la voz al llamarlos. Me desperté sin poder mostrarles lo que observaba.
Esta mañana soñé que estaba en una función de Panorama desde el puente en el Teatro de la Aduana. En julio y parte de agosto acompañé algunos ensayos y bastantes funciones del montaje de la CNT - Teatro Universitario dirigido por Tatiana de la Ossa. Pero a mediados de agosto me vine a Brooklyn y lamenté perderme las últimas funciones, sobre todo la última. Anto la vio y me contó que estuvo muy emotiva y el público aplaudió de pie. Y Moy me dijo que Tatiana le pidió a los actores que encontraran momentos para despedirse de los otros personajes y surgieron bellos detalles espontáneos.
En el sueño, yo estaba en medio escenario, pero no actuando sino viendo la obra como espectador, así no más, sin preocuparme si estaba estorbando a los actores o al público. Pero de repente Bea, el personaje, se ponía a conversar conmigo y sin mayor transición ya no estábamos en media obra sino que nos íbamos varios caminando del teatro a un restaurante, y Bea ya no era Bea sino Ana Clara, y Edi ya no era Edi, sino Antonio, y así. Pero llegábamos al restaurante y estaba lleno y ya no había mesas ni comida. Y me desperté.
El profeta Daniel interpretaba sueños. ¿Alguien que me interprete los míos?
Hace un par de madrugadas soñé que me topaba en el barrio con mi vecino Francis. Justo el sábado antes de venirme a Brooklyn, sacando el carro de mi hermana de nuestra cochera, no vi el carro de él mal estacionado en la calle y choqué. Apenas le dí un toque, pero el carro de Anto es como un tanque, y le arrugé el cajón al de Francis. Arreglamos el asunto tranquilos, quedando pendientes algunos trámites del seguro, pero yo me vine con la sensación de haber dejado asuntos sin resolver. Además, ese sábado iba sacando el carro para ir a la Feria Verde de Aranjuez. Me quedé sin ir a comer picadillo de arracache, comprar un instrumento artesanal de percusión que quería, tomar café Taza Amarilla, comer helado de paleta y ver a Jahel para despedirme.
Otro día soñé que desde la ventana de mi casa, no sé cuál ni adónde, veía un humedal de aguas cristalinas, rodeado de selva tropical, y con peces multicolores nadando en el agua. Llamaba a mis papás para que lo vieran, por lo que supuse que estaba en nuestra casa, o alguna otra casa, en Costa Rica. Pero ellos no venían y luego me di cuenta de que era porque no me salía la voz al llamarlos. Me desperté sin poder mostrarles lo que observaba.
Esta mañana soñé que estaba en una función de Panorama desde el puente en el Teatro de la Aduana. En julio y parte de agosto acompañé algunos ensayos y bastantes funciones del montaje de la CNT - Teatro Universitario dirigido por Tatiana de la Ossa. Pero a mediados de agosto me vine a Brooklyn y lamenté perderme las últimas funciones, sobre todo la última. Anto la vio y me contó que estuvo muy emotiva y el público aplaudió de pie. Y Moy me dijo que Tatiana le pidió a los actores que encontraran momentos para despedirse de los otros personajes y surgieron bellos detalles espontáneos.
En el sueño, yo estaba en medio escenario, pero no actuando sino viendo la obra como espectador, así no más, sin preocuparme si estaba estorbando a los actores o al público. Pero de repente Bea, el personaje, se ponía a conversar conmigo y sin mayor transición ya no estábamos en media obra sino que nos íbamos varios caminando del teatro a un restaurante, y Bea ya no era Bea sino Ana Clara, y Edi ya no era Edi, sino Antonio, y así. Pero llegábamos al restaurante y estaba lleno y ya no había mesas ni comida. Y me desperté.
El profeta Daniel interpretaba sueños. ¿Alguien que me interprete los míos?
viernes, 9 de septiembre de 2016
Dos momentos con la garota brasiliense
Nos conocimos hace dos años en un congreso en Lowell, Massachusetts, en las afueras de
Boston. Había viajado desde Brasilia, donde cursaba la maestría. Congeniamos y pronto nos hicimos compas de almuerzos y cervezas. Era simpática, sonriente, fotógrafa profesional y talentosa, estudiante de comunicación y muy pura vida. Casualmente, después del congreso visitó Nueva York y nos encontramos un mediodía para almorzar en un vegetariano en Greenwich Village y caminar por allí. El tiempo fue corto pero disfrutamos. Después mantuvimos el contacto, pero nos costó reencontrarnos. En junio incluso viajó a Río de Janeiro un par de días después de que yo me fui. Pero hace pocas semanas me dijo que regresaba a Nueva York para el matrimonio de su primo y me preguntó si coincidiríamos aquí. Milagro: ¡sí!
ー
Martes. Nos encontramos en Union Square y nos abrazamos. Ya no lleva corto el pelo crespo y castaño, sino por los hombros, y sus cachetes parecen más redondos y contrastan más con la nariz afilada. Pero es delgada y está tan blanca como siempre, herencia de su papá gringo, pues su madre brasileña es morena. Me cuenta que ha terminado la maestría y trabaja como fotógrafa en Brasilia y como profesora de cinematografía en Río. El golpe político la ha entristecido y se siente extraña lejos de Brasil en este momento importante. Vive con su enamorada desde hace un año en un apartamento delicioso en un edificio con huerta comunitaria. Por eso se complica su posible mudanza a Río. Sonrío para mí y pienso: "Ese rollo me lo sé de memoria. Que la Vida a vos sí te favorezca". De verdad le deseo el bien. Después de deambular por Greenwich Village le pregunto qué quiere hacer y me dice que escuchar jazz en el Blue Room. Estoy a punto de decirle que el antiguo bar de los grandes del jazz como Gillespie y Coltrane ahora es una trampa para turistas y que el mejor jazz se escucha en otros bares, incluso en sótanos en el mismo barrio de la Village, cuando me dice que su papá frecuentaba el Blue Room en su adolescencia y a ella le gustaría imaginarlo allí. Ante tal expresión de amor por su padre, no me queda argumento. Trago grueso y nos vamos al Blue Room. Como siempre, es un atraco. Pero al menos compartimos mesa con una escocesa y tres gringos (padres e hijo) muy buena gente. Y el pianista McCoy Tyner y su cuarteto son realmente buenos. Lo mejor para mí, sin embargo, es que Emília disfruta la experiencia al máximo, así que me quedo contento cuando nos despedimos en la estación de Christopher Street.
二
Jueves. Nos encontramos en la reinauguración de la galería de la Brazilian Endowment for the Arts en la calle East 52 de Manhattan. La muestra de arte decepciona pero hay un excelente guitarrista tocando música de Tom Jobim y João Gilberto. Y conocemos a Loy, un señor de Singapur que habla español y está estudiando portugués, pues trabaja de voluntario ayudando a inmigrantes brasileños en la región metropolitana. Y BEA tiene una excelente biblioteca de literatura brasileña que comparte con el público, así que valió el boleto ir. Pero pronto nos desmarcamos. Estamos en un barrio japonés, así que la llevo a Riki, una izakaya tradicional en la calle East 45. Meseras, baristas y chefs nos reciben con el tradicional "Irasshaimase" y de ahí en más la experiencia es japonesa. Nos sentamos en la barra y comentamos el menú cuando el señor japonés al lado nuestro se emociona y nos pregunta en portugués si necesitamos ayuda. Nos sorprende y conversamos. Watanabe vivió cinco años en São Paulo, del 2010 al 2015, y luego vino a Nueva York. Pero extraña Brasil, como su hija: la comida, la gente. ¿Quién hubiera dicho que nos toparíamos con un japonés de corazón brasileño? Nos distraemos conversando y cuando llega por cuarta vez la cortés mesera, pedimos la orden sin haber escuchado las sugerencias de Watanabe. Igual, los edamame, los vegetales gratinados, los fideos udon, la macarela a la plancha y los onigiri de salmón están deliciosos. Yo los acompaño con una jarra de Kirin Ichiban bien fría. Emìlia ya no toma, apenas me pide un sorbo de mi cerveza para probarla. Mientras comemos, me cuenta que está estudiando mandarín y ha continuado su práctica del taichi. Ahora es algo esencial en su vida, no esporádico. Yo le cuento un poco de mis experiencias en el Japón, incluyendo anécdotas, como la vez, al principio, cuando no sabía leer nada, que entré a un restaurante en Tsukuba y pedí fideos soba japoneses sin darme cuenta que era un restaurante chino. ¡Qué vergüenza! Esa misma tarde me puse a estudiar para poder leer, por ejemplo, "Restaurante Chino". Se ríe cuando le cuento. Al final, entre Watanabe hablándonos portugués, la mesera filipina hablándonos en español y los comensales hablando en japonés, se nos ha olvidado donde estamos. Cuando salimos, una media luna enorme domina el cielo de Manhattan. Mirándola caminamos hasta la estación de trenes Grand Central. La llevo a que conozca el salón principal y dice que lo reconoce de cintas y fotografías. Es realmente hermoso. Tiene sus detalles esta ciudad. Cuando nos abrazamos para despedirnos, me agradece por haberla llevado al Japón. Y me sonríe.
La hemos pasado bien. No sabemos cuándo nos veremos de nuevo. Ojalá sea en Río. Pero cuándo y dónde sea, hemos compartido dos momentos sin haberlo planeado así. Surgió la oportunidad y la aprovechamos al vuelo. Esos detalles te regala la vida peripatética.
ー
Martes. Nos encontramos en Union Square y nos abrazamos. Ya no lleva corto el pelo crespo y castaño, sino por los hombros, y sus cachetes parecen más redondos y contrastan más con la nariz afilada. Pero es delgada y está tan blanca como siempre, herencia de su papá gringo, pues su madre brasileña es morena. Me cuenta que ha terminado la maestría y trabaja como fotógrafa en Brasilia y como profesora de cinematografía en Río. El golpe político la ha entristecido y se siente extraña lejos de Brasil en este momento importante. Vive con su enamorada desde hace un año en un apartamento delicioso en un edificio con huerta comunitaria. Por eso se complica su posible mudanza a Río. Sonrío para mí y pienso: "Ese rollo me lo sé de memoria. Que la Vida a vos sí te favorezca". De verdad le deseo el bien. Después de deambular por Greenwich Village le pregunto qué quiere hacer y me dice que escuchar jazz en el Blue Room. Estoy a punto de decirle que el antiguo bar de los grandes del jazz como Gillespie y Coltrane ahora es una trampa para turistas y que el mejor jazz se escucha en otros bares, incluso en sótanos en el mismo barrio de la Village, cuando me dice que su papá frecuentaba el Blue Room en su adolescencia y a ella le gustaría imaginarlo allí. Ante tal expresión de amor por su padre, no me queda argumento. Trago grueso y nos vamos al Blue Room. Como siempre, es un atraco. Pero al menos compartimos mesa con una escocesa y tres gringos (padres e hijo) muy buena gente. Y el pianista McCoy Tyner y su cuarteto son realmente buenos. Lo mejor para mí, sin embargo, es que Emília disfruta la experiencia al máximo, así que me quedo contento cuando nos despedimos en la estación de Christopher Street.
二
Jueves. Nos encontramos en la reinauguración de la galería de la Brazilian Endowment for the Arts en la calle East 52 de Manhattan. La muestra de arte decepciona pero hay un excelente guitarrista tocando música de Tom Jobim y João Gilberto. Y conocemos a Loy, un señor de Singapur que habla español y está estudiando portugués, pues trabaja de voluntario ayudando a inmigrantes brasileños en la región metropolitana. Y BEA tiene una excelente biblioteca de literatura brasileña que comparte con el público, así que valió el boleto ir. Pero pronto nos desmarcamos. Estamos en un barrio japonés, así que la llevo a Riki, una izakaya tradicional en la calle East 45. Meseras, baristas y chefs nos reciben con el tradicional "Irasshaimase" y de ahí en más la experiencia es japonesa. Nos sentamos en la barra y comentamos el menú cuando el señor japonés al lado nuestro se emociona y nos pregunta en portugués si necesitamos ayuda. Nos sorprende y conversamos. Watanabe vivió cinco años en São Paulo, del 2010 al 2015, y luego vino a Nueva York. Pero extraña Brasil, como su hija: la comida, la gente. ¿Quién hubiera dicho que nos toparíamos con un japonés de corazón brasileño? Nos distraemos conversando y cuando llega por cuarta vez la cortés mesera, pedimos la orden sin haber escuchado las sugerencias de Watanabe. Igual, los edamame, los vegetales gratinados, los fideos udon, la macarela a la plancha y los onigiri de salmón están deliciosos. Yo los acompaño con una jarra de Kirin Ichiban bien fría. Emìlia ya no toma, apenas me pide un sorbo de mi cerveza para probarla. Mientras comemos, me cuenta que está estudiando mandarín y ha continuado su práctica del taichi. Ahora es algo esencial en su vida, no esporádico. Yo le cuento un poco de mis experiencias en el Japón, incluyendo anécdotas, como la vez, al principio, cuando no sabía leer nada, que entré a un restaurante en Tsukuba y pedí fideos soba japoneses sin darme cuenta que era un restaurante chino. ¡Qué vergüenza! Esa misma tarde me puse a estudiar para poder leer, por ejemplo, "Restaurante Chino". Se ríe cuando le cuento. Al final, entre Watanabe hablándonos portugués, la mesera filipina hablándonos en español y los comensales hablando en japonés, se nos ha olvidado donde estamos. Cuando salimos, una media luna enorme domina el cielo de Manhattan. Mirándola caminamos hasta la estación de trenes Grand Central. La llevo a que conozca el salón principal y dice que lo reconoce de cintas y fotografías. Es realmente hermoso. Tiene sus detalles esta ciudad. Cuando nos abrazamos para despedirnos, me agradece por haberla llevado al Japón. Y me sonríe.
La hemos pasado bien. No sabemos cuándo nos veremos de nuevo. Ojalá sea en Río. Pero cuándo y dónde sea, hemos compartido dos momentos sin haberlo planeado así. Surgió la oportunidad y la aprovechamos al vuelo. Esos detalles te regala la vida peripatética.
lunes, 29 de agosto de 2016
Captain Fantastic en el cine BAM
Estoy muy lejos de mi querido cine Magaly en San José para ir a tanda de cuatro en este domingo caluroso. Pero en metro estoy cerca del BAM Rose Cinema, así que decido ir allí. Le pregunto a M, la chica bengalí, si quiere ir para "distraerse del despecho". Le da risa y se apunta. Dos solitarios juntos ya no somos solitarios.
Escogemos Captain Fantastic pues Tsun-Hui me la había recomendado. No sabemos muy bien qué esperar, pues parece una comedia de aventura un poco excéntrica, pero nos encontramos con una joyita. Una pareja decide educar a sus hijos en los bosques y montañas (wilderness) del estado de Washington, alejándolos de la estereotípica vida consumista, capitalista y superficial gringa para criarlos de acuerdo con valores y principios de sobrevivencia y convivencia propios. Es una especie de experimento anarquista, pero sin pretensiones teóricas, sino más bien humanas y prácticas. Uno pensaría que se trata de un par de locos criando una camada de loquitos, pero en realidad se encuentra con una familia unida por el amor aunque estresada por las tribulaciones, conflictos y desafíos de cualquier núcleo familiar. La película es la historia de una enorme desventura y sus consecuencias trágicas y cómicas.
Viéndola, M y yo nos reímos, lloramos, nos esperanzamos, se nos rompe el corazón y se nos vuelve a recomponer.
A mí me hace reencontrarme con un aspecto de la cultura americana (en el sentido continental, no nacionalista, del término) que ha calado profundamente en mi forma de ser y vivir: la tendencia americana a experimentar, a atreverte a ser como querés, a romper moldes, a desobedecer estructuras sociales, códigos culturales, convenciones, tradiciones. En un continente vasto, crisol de diversas culturas, podés encontrar espacios para experimentar, para ser como te nazca, para asociarte con quien escojás, sin tradiciones, ni jerarquías, ni aristocracias, ni castas que te aplasten. Podés respirar tranquilo sin tribalismos disfrazados de "nuestra milenaria cultura civilizada y civilizadora" que te asfixien. Ser americano, en este sentido cultural, es ser libre para ser como querés ser, como lo imaginés, como te atrevás. Te podés equivocar y podés pagarlo caro, como el Captain Fantastic, pero al menos viviste de acuerdo con tus propios principios.
El acceso a esos espacios geográficos o culturales no es universal ni democrático. Necesitás la benedicción de la Vida para que te dé libertad y oportunidades. Necesitás que la sociedad no te aplaste de nacimiento, que te deje al menos alguna opción para escojer la vida que querés.
Tampoco es común que la gente escoja esos espacios, pues la mayoría no son americanos libres en ese sentido sino que siguen las convenciones. Los Walmarts, McDonalds y Apple Stores todos los días están llenos de clientes que nunca van a la biblioteca, el bosque, la montaña o la intimidad de su propia conciencia y su propio corazón para vivir de acuerdo con ellos.
Pero mucho de bendición y algo de coraje, es posible acceder a esos espacios experimentales. Aferrarse a esa posibilidad experimentalista, no dejarla ir, atreverse a vivirla, es posible. Aunque tu experimento sea modesto e íntimo, de pequeña escala, sin heroísmos ni revoluciones, pero con la naturalidad y autenticidad de un Thoreau o un Martí.
Me parece que esta muchacha bengalí, que la está pasando mal por querer vivir de forma coherente con sus propios sentimientos e ideales, que quiere ser una mujer conciente, libre y feliz, que está sufriendo y la presionan pero no se ha conformado ni rendido, va por esa senda.
Me puse filosófico. Todo por una película americana vista con una chica bengalí en un cine brooklyniano en una tarde de verano.
Escogemos Captain Fantastic pues Tsun-Hui me la había recomendado. No sabemos muy bien qué esperar, pues parece una comedia de aventura un poco excéntrica, pero nos encontramos con una joyita. Una pareja decide educar a sus hijos en los bosques y montañas (wilderness) del estado de Washington, alejándolos de la estereotípica vida consumista, capitalista y superficial gringa para criarlos de acuerdo con valores y principios de sobrevivencia y convivencia propios. Es una especie de experimento anarquista, pero sin pretensiones teóricas, sino más bien humanas y prácticas. Uno pensaría que se trata de un par de locos criando una camada de loquitos, pero en realidad se encuentra con una familia unida por el amor aunque estresada por las tribulaciones, conflictos y desafíos de cualquier núcleo familiar. La película es la historia de una enorme desventura y sus consecuencias trágicas y cómicas.
Viéndola, M y yo nos reímos, lloramos, nos esperanzamos, se nos rompe el corazón y se nos vuelve a recomponer.
A mí me hace reencontrarme con un aspecto de la cultura americana (en el sentido continental, no nacionalista, del término) que ha calado profundamente en mi forma de ser y vivir: la tendencia americana a experimentar, a atreverte a ser como querés, a romper moldes, a desobedecer estructuras sociales, códigos culturales, convenciones, tradiciones. En un continente vasto, crisol de diversas culturas, podés encontrar espacios para experimentar, para ser como te nazca, para asociarte con quien escojás, sin tradiciones, ni jerarquías, ni aristocracias, ni castas que te aplasten. Podés respirar tranquilo sin tribalismos disfrazados de "nuestra milenaria cultura civilizada y civilizadora" que te asfixien. Ser americano, en este sentido cultural, es ser libre para ser como querés ser, como lo imaginés, como te atrevás. Te podés equivocar y podés pagarlo caro, como el Captain Fantastic, pero al menos viviste de acuerdo con tus propios principios.
El acceso a esos espacios geográficos o culturales no es universal ni democrático. Necesitás la benedicción de la Vida para que te dé libertad y oportunidades. Necesitás que la sociedad no te aplaste de nacimiento, que te deje al menos alguna opción para escojer la vida que querés.
Tampoco es común que la gente escoja esos espacios, pues la mayoría no son americanos libres en ese sentido sino que siguen las convenciones. Los Walmarts, McDonalds y Apple Stores todos los días están llenos de clientes que nunca van a la biblioteca, el bosque, la montaña o la intimidad de su propia conciencia y su propio corazón para vivir de acuerdo con ellos.
Pero mucho de bendición y algo de coraje, es posible acceder a esos espacios experimentales. Aferrarse a esa posibilidad experimentalista, no dejarla ir, atreverse a vivirla, es posible. Aunque tu experimento sea modesto e íntimo, de pequeña escala, sin heroísmos ni revoluciones, pero con la naturalidad y autenticidad de un Thoreau o un Martí.
Me parece que esta muchacha bengalí, que la está pasando mal por querer vivir de forma coherente con sus propios sentimientos e ideales, que quiere ser una mujer conciente, libre y feliz, que está sufriendo y la presionan pero no se ha conformado ni rendido, va por esa senda.
Me puse filosófico. Todo por una película americana vista con una chica bengalí en un cine brooklyniano en una tarde de verano.
sábado, 27 de agosto de 2016
Viajar de Brooklyn a Brasil con Ilana Volcov
Una de las claves para disfrutar una vida peripatética y no padecer de nostalgia crónica es "estar presente en el aquí, ahora, conmigo". Ahora estoy en Brooklyn. Mis amigos de Costa Rica quedaron allá por el momento, al igual que mi familia. Mis amigos de España, Brasil, Japón y demás lugares están en mi corazón pero no están en Brooklyn. Y en esta noche de viernes mis amigos de Brooklyn están todos fuera de la ciudad o ya tienen planes para disfrutar los últimos días del verano. Pero estoy aquí, ahora y conmigo. Entonces, tras un día de lectura del Banquete de Platón, estoy pleno de deseos, como el de disfrutar la noche.
Salgo de mi apartamento diez para las ocho. Atardece pero la temperatura aún ronda los 30 centígrados. Camino tranquilo, observando arreboles en dirección a la desembocadura del Hudson en el Atlántico. Veinte minutos después estoy en Barbès para escuchar a la cantante brasileña Ilana Volcov acompañada por el guitarrista João Luiz interpretando música popular brasileña. La voz es tan cálida, nítida y versátil, y la guitarra tan gentil y ágil, que pronto estoy viajando con la música por Río de Janeiro, Salvador de Bahía, São Paulo y Recife. Interpretan música de Dorival Caymmi, Paulinho da Viola y Edu Lobo, entre otros.
Me alegran especialmente tres canciones que no conocía. "Vatapá" de Dorival Caymmi, pues Ilana logra que la audiencia de brasileños, hispanoamericanos y gringos canten a coro el verso "um bocadinho mais". "Recife, cidade lendária" de Capiba porque me transporta a las calles y puentes de aquella ciudad bella y deliciosa, ciudad de la infancia de Clarice, del frevo de carnaval y de mis bailes en la feria de domingo en la ciudad antigua. Y "Encontro" de Paulinho da Viola porque es la linda y sencilla historia del inicio de un amor contada por un sambista tímido pero romántico.
Escucho voz y guitarra y se me dibuja una sonrisa que no puedo contener. Estoy aquí, ahora, conmigo, y con toda esta gente, la que está en Barbès y la que está en mi corazón, disfrutando esta experiencia.
Salgo de mi apartamento diez para las ocho. Atardece pero la temperatura aún ronda los 30 centígrados. Camino tranquilo, observando arreboles en dirección a la desembocadura del Hudson en el Atlántico. Veinte minutos después estoy en Barbès para escuchar a la cantante brasileña Ilana Volcov acompañada por el guitarrista João Luiz interpretando música popular brasileña. La voz es tan cálida, nítida y versátil, y la guitarra tan gentil y ágil, que pronto estoy viajando con la música por Río de Janeiro, Salvador de Bahía, São Paulo y Recife. Interpretan música de Dorival Caymmi, Paulinho da Viola y Edu Lobo, entre otros.
Me alegran especialmente tres canciones que no conocía. "Vatapá" de Dorival Caymmi, pues Ilana logra que la audiencia de brasileños, hispanoamericanos y gringos canten a coro el verso "um bocadinho mais". "Recife, cidade lendária" de Capiba porque me transporta a las calles y puentes de aquella ciudad bella y deliciosa, ciudad de la infancia de Clarice, del frevo de carnaval y de mis bailes en la feria de domingo en la ciudad antigua. Y "Encontro" de Paulinho da Viola porque es la linda y sencilla historia del inicio de un amor contada por un sambista tímido pero romántico.
Escucho voz y guitarra y se me dibuja una sonrisa que no puedo contener. Estoy aquí, ahora, conmigo, y con toda esta gente, la que está en Barbès y la que está en mi corazón, disfrutando esta experiencia.
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