一 Sábado por la noche. Me encontré con Tsun-Hui, A. Hung y Chen en el restaurante Hou Yi Hot Pot. Chen lo recomendó y ellas aprobaron. Yo confío, claro, en su criterio taiwanés para escoger comida en Chinatown. Se trataba, en este caso, de una cacerola asiática similar a las que vi antes en el Japón y otras en restaurantes vietnamitas en Nuyork. En la mesa hay varias cacerolas donde se hierven, condimentados al
gusto, los ingredientes solicitados, como vegetales, carnes, mariscos,
pescado, hongos de varios tipos y demás. Esa noche, Hou Yi estaba lleno a tope de gente china y taiwanesa. De hecho el
frente del restaurante no parecía nada especial y no hay rótulos en inglés. Supuse que la gente llega porque se va
esparciendo el rumor de que en Hou Yi la cacerola está buena.
Mis compas habían escogido dos cacerolas con distintos condimentos, uno picante y otro más suave, y habían ordenado gran variedad de ingredientes. Me iban dando indicaciones y sugerencias de qué comer y cómo. Mientras íbamos cocinando y comiendo, conversábamos. Chen-san estudió en Baruch College en Manhattan y ahora trabaja en la New York U. No ha regresado a Taiwán en seis años pues toda su familia emigró a la Yunai. Hung-san estudió en Smith College, una universidad de mujeres en Massachusetts, y ahora trabaja en Manhattan con Tsun-Hui. A los tres les encanta Nuyork. Pero Tsun-Hui ya siente algo de tristeza prematura, pues deberá regresar a Taiwán en julio.
Por ahí iba la conversación mientras me deleitaba con camarón, calamar, hongos, pescado, una especie de ¿ñame? (Chinese yam) y hasta medio elote. Yo de hecho estaba evadiendo el elote porque pensaba que no tenía suficiente destreza como para comerlo con palitos chinos. Pero Chen me lo sirvió. ¿Y ahora? Para mi sorpresiva y silenciosa satisfacción, me pude comer el medio elote sosteniéndolo con los palitos. Estaba tan contento que se me dibujó una sonrisota y me preguntaron qué era tan gracioso y yo mentí y dije: -Nada-. Pero el resto de la cena me sentí realizadísimo, como si me hubiera graduado de la escuela de comer con palitos chinos.
二 Del Hou Yi caminamos hasta Joe's Pub para escuchar un concierto de Banda Magda. Tsun-Hui y yo teníamos entradas, pues es nuestra banda favorita en común, es decir, la que maximiza la suma de nuestra alegría cuando la escuchamos juntos. No nos perdemos ni un concierto en Nuyork. Hung-san y Chen quisieron unirse. Pero cuando llegamos a Joe's, las entradas se habían agotado. Nos dio pena pero nos despedimos de Chen y Hung-san. Entré con Tsun-Hui.
Ya adentro, ella me dio mi regalito de fin de año: té, un llavero de un osito negro endémico de Taiwán y una tarjeta. Me escribió que cuando se vaya me extrañará pero espera que continuemos la amistad. Pensé: "No te pongás triste todavía que se me puede atravesar algo en el cogote. Nos quedan seis meses al menos". Creo que eso sí lo he aprendido bien: Viví el día a día, no te entristezcás por adelantado porque nunca sabés qué traerá la Vida. Pero solo le di las gracias y le dije que sí seremos amigos. Y que si se va a Taiwán, ahí mismo le caigo a visitarla.
Pero habíamos ido a alegrarnos con la música y el ambiente era festivo. Esta vez Magda Giannikou y su banda se volaron e incluyeron toda una sección de cuerdas: cuatro violines, dos violas, dos cellos y un bajo, además de las otras cuerdas y percusión usuales y, claro, el acordeón de Magda. Estuvo tan bueno que se pasó volando el concierto. Y como siempre, cantamos el coro de casi todas las piezas. Escuchando a Tsun-Hui, descubrí de nuevo lo que había descubierto la vez anterior en el concierto de Magda en el Centro Cultural Onassis: que Tsun-Hui tiene una voz bonita, con un timbre suave y cálido.
Cuando nos despedimos, en la estación de Bleecker Street, nos abrazamos con cariño. Luego, en el tren de media noche, me traje para Brooklyn su voz y el abrazo que nos dimos. Soy rico en amistades y una y otra vez doy gracias por ello.
Las nubes se concentran, el intenso frío cede un poquito y de repente caen los primeros copos níveos de la estación, fluctuando en el aire hasta posarse en el pasto, en las calles y aceras, en los techos, en las ramas de los árboles y en las hojitas que aún de aferran a ellas. Es como si la nieve despidiera al otoño, limpiara el ambiente y anunciara la llegada del invierno. La primera nevada es siempre la más bella y deliciosa.
Lo dicho: la gente que quiere verse, se encuentra y se ve, y la que sale con rollos es que no le interesa. De última hora una compa me salió con rollos y me vi "plantado" para bailar cumbia con Yotoco. Pero ya he aprendido a que nadie me atrase e igual fui a Drom. Me pegué una bailadita con una morenita y otra con un grupo alegre de gente latina que andaba disfrutando. Luego, mientras tocaban los Underground Horns, conversé un poquito con Sebastián y Natalia, los cantantes de Yotoco. Pero la música, por ratos africana, por ratos haitiana, invitaba al movimiento, y al final terminamos bailando. Luego en la pista los perdí de vista y cuando reaparecieron los de Yotoco, estaban en el escenario tocando las últimas tres piezas con los Horns: a la tuba, el trombón, la trompeta y el saxofón de éstos, le añadieron sus congas, güiros, claves y guitarra.
Apenas terminaron, busqué mi abrigo, salí al frío, caminé unas cuadras por el Lower East Side hasta la estación del tren F y regresé a Brooklyn. Veinticinco minutos después estaba en Barbès escuchando choro y forró brasileños. La banda, Sanfona Summit, era inusual: tres sanfonas (acordeones) y una batería. Los acordeonistas, Vitor Gonçalves, Felipe Hostins y Rob Curto, son todos excelentes. Por ello, con tres acordeones y un acompañamiento de percusión, animaron una buena fiesta de forró. Había mucho gringo y se movían a lo que les salía. Pero había una pareja de viejitos que bailaba muy bien. Él era muy blanco, de pelo completamente canoso, y vestía suéter azul, jeans celestes y tenis oscuras; ella era morena piel canela, de rizos castaños, coqueta y arreglada con su vestido crema y zapatos de tacón alto. Parecían una paraja un poco dispareja. Pero bailaban muy abrazados, paso con paso al ritmo y sien contra sien. Se veían felices. Con esa imagen en mente y la música aún en mis sentidos, regresé caminando a casa.
Apenas había pasado la media noche, pero yo ya había estado en Colombia y Brasil. Linda forma de pasar el último viernes por la noche antes de viajar.
Es simple: cuando la gente tiene ganas de verse, se encuentra y se ve. Si alguien sale con rollos para encontrarse, es que no le interesa. M. S.-A. y yo queríamos encontrarnos antes de que se nos vinieran encima las carreras de fin de semestre y los viajes de cada uno. Cotejando agendas, sólo había una oportunidad: desayunar el jueves, temprano, antes de que ella viajara en bus a Washington D.C., pues cuando regrese ya yo no estaré en Brooklyn. Pero lo hicimos. Ella encontró el lugar: Blue Sky Bakery, una cafetería y repostería en el barrio Prospect Lefferts Garden, al este de Prospect Park, cerca de donde agarraría el bus. Ella se levantó temprano, yo también, me mandó un texto cuando estaba lista y salimos hacia el punto de encuentro. Yo llegué un poquito antes y pedí un café. Cuando la vi acercarse, cargaba a espaldas su órgano en un estuche rojo, pues iba a un concierto con su banda en Virginia, y jalaba una maletita de rodines. Le ayudé a entrar y ella pidió un café latte y un muffin, yo un cangrejo (croissant, media luna), y listo. Conversamos una hora y se nos fue volando. Me resultan simpáticos sus colochitos trigueños y un toquecito entrecanos, y su expresión un poco desconcertante, pues sus ojos siempre miran vivaces pero las líneas hacia abajo en las comisuras de los labios la hacen parecer seria. Luego la acompañé hasta la parada del bus y nos dimos un abrazo de despedida. Ella me regaló un cd de uno de sus grupos, Miramar, el que toca boleros puertorriqueños. Se lo agradecí muchísimo, fue un lindo gesto. Y es lo dicho: nos conocimos hace poco, pero sentí en ella las mismas ganas de conocerme que yo sentía en conocerla a ella. Y así, con interés mutuo, ha llegado una nueva persona a mi vida. Bienvenida.
La mirada fugaz de la morenita latina, la otra noche en Harlem, me dejó pensando. El domingo por la tarde, al caminar por mi calle, la 17 de Brooklyn, me topé con una madre china que paseaba a su niñito de ¿dos años? en coche. Miré al niñito, el me miró directo a los ojos y me hizo el gesto de "¡adiós!" con la manita. Luego, en el Kos Kaffe, donde acostumbro leer o corregir ensayos de mis alumnos los fines de semana, sin pensarlo, en un gesto espontáneo, miré directo a los ojos, sonriendo, a una muchacha blanquita, de ojos azules, probablemente una gringuita. Me retiró la mirada. Recordé que una de las cosas más impactantes de esta ciudad de Nuyork es que si mirás a la gente adulta a los ojos, generalmente te retira la mirada de inmediato. Es repetitivo y notorio. El niño me sostuvo la mirada, pero la muchacha no. Pensé que quizá mi mayor logro tras diez años de vida en esta ciudad, aunque sea ínfimo, ha sido que aún yo le sostengo la mirada a la gente. Miro a quien sea y le digo con mis ojos: -Sos ser humano, como yo. Te reconozco-. No sé si es mucho, probablemente sea poco. Pero algo mío -la mirada directa- debo atesorar.
Quería terminar la semana bailando, así que llamé a Val, mi compa brasileña. Val es paulista pero lleva ritmo nuyorquino, con dos trabajos y muchos quehaceres, así que a veces nos cuesta vernos. Pero le pregunté:
- ¿Vamos a bailar? - Vamos. Hay un grupo colombiano de cumbia que quiero escuchar, Uribe. Creo que tocan esta noche. ¡Que nadie me atrase! De una vez busqué la información. La Uribe Big Band tocaba en el Ginny's Supper Club en Harlem. Yo quería bailar y además hace mucho que no iba a Harlem, así que me picaban los pies. Nos pusimos de acuerdo para encontrarnos allí. Agarré el tren F y cambié al A, el famoso A Train que te lleva a Harlem, como en la pieza de Duke Ellington y Ella Fitzgerald. Antitos de las 8 pm ya caminaba por la calle 125, el Dr. Martin Luther King Jr. Boulevard, tomándole el pulso al barrio. Por ahí se camina a otro ritmo, con otro compás, con cadencia propia del sitio. Pasé frente al Teatro Apollo, iluminado como siempre, y poquito después me encontré un rapero, aunque no muy bueno. Ya pronto estaba en la intersección del MLK con el Malcolm X Boulevard y allí mismo estaba el club, en el sótano del Red Rooster. La banda comenzó en punto y Val no había llegado de Queens. Se había perdido manejando con el GPS y había recalado en...!Brooklyn! Me llamó y le dije: -¡Val, es en el Malcolm X Boulevard de Harlem, no el de Brooklyn!-. "Pobre garota, se va a demorar en llegar", pensé.
Había mucha gente y poco espacio disponible, pero me acomodé con buena vista al escenario y desde la primera cumbia me empecé a mover al ritmo. A mi lado había un grupo de muchachas latinoamericanas, muy animadas, una venezolana entre varias colombianas. Justo a mi lado se ubicó una morenita, piel canela, cabello negro largo y ondulado, ojos negros. El resto de las chicas conversaban entre ellas, pero la morenita le prestaba mucha atención a la banda y bailaba discretamente.
Yo estaba como Bruce Springsteen cuando canta en "Dancing in the Dark": "Come on baby, give me just one look! You can't start a fire without a spark". Pero nada. Ella bailando por su lado y yo por el mío. En la última pieza del set, la gente cantaba a coro: "Vida enamorada". Y los dos lo cantábamos. Yo sentí que me miraba de reojo. Quizá percibió una onda latina y una vibra alegre y tranquila, qué se yo. Así me sentía yo, en todo caso. Justo cuando terminó la pieza, nos volvimos a ver. Ella me sonrió, yo le sonreí y cuando le iba a hablar, sentí que me tocaban la espalda. ¡Era Val! La morenita se dio media vuelta y se puso a hablar con sus amigas. Y yo me alegré de ver a Val, pero no podía dejar de lamentar la ironía. Con lo que cuesta encontrar una mirada de esas en esta ciudad de solitarios ensimismados y ¡zás!, cuando la encontrás se desvanece en un momento.
Pero me repuse. Quería bailar con Val, ese era el propósito del encuentro en Harlem. Y una mirada es algo fugaz pero una amistad es algo sólido. Así que en el segundo set nos soltamos y lo bailamos todo, cumbias, salsas y algún merenguito. Y para cerrar, "Ojalá que llueva café." Y sí, ojalá que llueva café en el campo y en Harlem y en Brooklyn. Y que Val y yo bailemos mucho, muchas veces, y seamos muy amigos. Y que esa mirada de la morenita no se me borre de la memoria.