Ciudad Juárez y El Paso son ciudades erigidas en el desierto chihuahuense. El paisaje a su alrededor es seco: roca, tierra blanca, arena y algunos arbustos. Tanto las sierras como las planicies son áridas. La belleza del desierto es austera. Regresé a Brooklyn con deseos de sentir el frescor del agua y el aliento del bosque. Cada día desde mi regreso he caminado por las orillas del lago y bajo la sombra de los grandes árboles del bosque primario en Prospect Park.
Agua y bosque me han refrescado. Por momentos incluso he sentido, como hoy, el roce de un ángel de la guarda. Creí escuchar su voz. Quizá era la suavidad de la brisa acariciando mi piel y su murmullo al hacer danzar el follaje en el dintel del bosque.
Migrantes, solicitantes de asilo y deportados son albergados, atendidos y cuidados en La Casa del Migrante en Ciudad Juárez. Es obra social de gente de la Iglesia Católica comprometida con la justicia social. La población de Juárez dona los recursos y voluntarios colaboran en la atención. Hoy visité junto con mis colegas de la conferencia de ética de la migración de esta semana en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Tuvimos el privilegio de conversar con personas que son atendidas allí. Yo conversé con dos hombres mexicanos recientemente deportados de Estados Unidos, uno de cuarenta años y otro de veintipico. Han hecho su vida allá, sin autorización, por necesidad económica. "La migra" gringa les detuvo, les encarceló por meses y meses y el sistema les deportó. Sus familias, incluyendo hijos e hijas, quedaron allá, en California y Arkansas. El mayor tenía una pequeña tranquilidad en que sus hijas son adultas y su madre vive en México. El menor quería llorar: sus hijos tienen cuatro y trece años. Ya no tiene a nadie en México. ¿Qué va a hacer? Otro hombre, mucho más joven, recién deportado, nos escuchaba con ceño fruncido de dolor y preocupación, ojos desesperanzados y rostro marcado por una mueca de desamparo. Miraba hacia el suelo. No dijo una sola palabra. Cuando me fui, le di la mano. Nos miramos sin hablar.
Espero mi vuelo a Ciudad de México en el aeropuerto JFK de Nueva York. Me siento emocionado de regresar a México por tercera vez este año. Ya es un lugar de gente amada por mi corazón. Esta vez viajo a Ciudad Juárez, Chihuahua, en la frontera con Texas. Voy rumbo a una conferencia sobre ética y política de la migración en la frontera. Me interesa el tema. Pero ante todo me interesa conocer la urbe binacional más grande y poblada del mundo: Ciudad Juárez - El Paso. Y quiero indagar cómo se viven en este momento las relaciones fronterizas y la presencia de migrantes centroamericanos en Juárez. Sé que hay tensiones. Pero también sé que hay ángeles, personas que cuidan, acogen, sustentan, comparten. Aman. Quiero conocerlas.
Mientras caminaba en la penumbra de este anochecer por las calles mojadas y veladas por la neblina de Brooklyn, compuse un haiku en mi mente:
Garúa. Niebla. Llovizna atlántica. Cielo sin Luna.
Pensé en titularlo Tsuki no Haiku (月の俳句) o Haiku de la Luna. Pero me pareció un poco triste para mi ánimo sereno de estos días. Recordé en cambio dos imágenes de mis visitas de este año al Estado de México.
En Teotihuacán, las pirámides del Sol y de la Luna se acompañan desde hace casi dos mil años. Miré con gozo a la Luna desde el Sol y al Sol desde la Luna. Desde la terraza-observatorio en el punto más alto de Tetzcotzinco, el palacio de veraneo de Nezahualcóyotl, hace un par de semanas vi a la Luna aparecer a media tarde en el cielo azul al este mientras el Sol comenzaba a descender al oeste, tiñiendo al cielo de sutiles amarillos y naranjas.
Al recordar las vistas, compuse otro haiku, pero no con mi mente sino con mi corazón:
Luna naciente. Sol poniente. Amantes en mi corazón.
Al Sol y la Luna juntos en nuestros corazones: ¡Salud!
En este caso, es una balada tuyera de Edward Ramírez y Rafa Pino, un dúo venezolano, que cuenta la historia de un encuentro entre un Claro de Luna y un Lucero.
"Tan solo al ver tus ojos caí en la cuenta: te conocía"
Hace una semana, caminando por Tetzcotzinco, el palacio de veraneo que erigió Nezahualcóyotl en las afueras de Texcoco, admiré la flora que crece en los cerros semiáridos de la zona. Abundaban los nopales cargados de tunas rojas, las suculentas jade con tiernos brotes amarillos y los árboles de sombra llamados pirules. Nezahualcóyotl tuvo a sus súbditos para construir su palacio y a la Naturaleza para regalarle la flora.
Dentro de pocas semanas estaré de nuevo en mi apartamento en San José. No es un palacio suntuoso sino un espacio sencillo. Pero se ha convertido en un palacio emocional, uno de mis hogares. Allá tengo un jardín pequeño pero hermoso, donde crecen rosales de flores magenta y amarillo, orquídeas de dos especies, enredaderas de pasiflora roja, bougainvilleas veraneras de flor blanca, geranios escarlata y otras plantas.
No tengo súbditos, sino un Jardinero Fiel que cultiva mi jardín con Amor. Hoy es su cumpleaños. Lo felicité y por él doy Gracias. Soy un bendecido por la Vida.
Tetzcotzinco fue el palacio de veraneo mandado a construir por Nezahualcóyotl (1402-1472), el sabio rey de los acolhuas de Texcoco, para disfrutarlo con su reina. Se cree que las piletas de tezontle que aún se conservan en el sitio arqueológico eran sus baños. Un magnífico acueducto transportaba el agua desde manantiales ubicados siete kilómetros al este para abastecerlos. También se conserva intacta la estructura del trono de piedra de Nezahualcóyotl, ubicado en la base de un cerro cónico. Ascendiendo el cerro, se encuentra el Patio de los Danzantes y en lo más alto del cerro una terraza que, supongo, fue observatorio del cielo y de los valles alrededor de Tetzcotzinco.
Solitario y en silencio, desde la terraza-observatorio contemplé los valles, la ciudad de Texcoco, el lejano lago de Xochimilco al sur de la Ciudad de México y, en la sierra más distante, la silueta azul grisáceo de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
El sol de media tarde brillaba intensamente en la bóveda azul. La media Luna ya había aparecido hacia el este. Me sentí dichoso de tener ese momento de paz y contemplación para mí solo. Se me llenó de gozo el corazón. Pensé en las personas que amo.
Pensé en Nezahualcóyotl. Muchos poemas suyos, en náhuatl, se conservan hasta hoy y expresan una sabiduría humanista y una sensibilidad por el valor del ser humano y de la naturaleza conmovedoras. A veces, en uno de mis cursos de pensamiento latinoamericano, leemos sus poemas, comentados por el filósofo mexicano Miguel León Portilla.
Reflexionar sobre esto enriqueció mi experiencia en la terraza más alta de Tetzcotzinco. Quise recordar algún poema suyo pero, aunque recordaba el sentido, no recordaba los versos.
Pero esa noche, ya de vuelta en Texcoco, mi amigo Mafaldo me recitó en español este poema del rey sabio que se expresaba en náhuatl:
Son las personas quienes me guían a los lugares que visito. Antes tenía una lista de lugares por conocer, aunque no conociera a nadie en esos lugares.
Pero desde hace algunos años, sin decidirlo conscientemente, empecé a viajar principalmente para visitar personas: amigues que la Vida me presenta. Es un principio de mi vida peripatética. Esta vez mi amigo Mafaldo me invitó a una conferencia de filosofía en la Universidad Autónoma Chapingo en Texcoco. Eso me permitió enganchar dos días y medio de investigación en la maravillosa Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México. Y antes pude pasar un fin de semana en Guadalajara, donde vive mi colega filósofo Francisco y tres amigas que conocí paseando en Oaxaca: Itzia, Pau e Ili. Y así disfruté de nueve días de placer, investigación y filosofía. Todo entre amigues.
"Guadalajara en un llano, México en una laguna", canta Jorge Negrete, el favorito de mi abuela Luz. Pues yo me vine del llano a la laguna, que en realidad está seca. Sólo quedó la gran Ciudad de México erguida sobre la antigua laguna. Conmigo llegó un frente frío y lluvioso. Acá a veces llueve torrencialmente y parece que Tláloc, el dios mexica de la lluvia, quiere inundar la laguna de nuevo. Pero aún con lluvia me alegré de regresar a CdMx, esta vez para investigar sobre arte y poesía modernista mexicanas. Aprovecho el acervo de la bellísima y espaciosa Biblioteca Vasconcelos, de acceso totalmente libre y público. Ya he aprovechado dos días placenteros y productivos en la biblioteca. He leído, sacado apuntes, escrito, paseado por sus serenos jardines y hasta apreciado arte japonés. Han sido dos días plenos de Vida intelectual y humanista. A CdMx y México las gracias.
Llegué a tiempo para desayunar chilaquiles en La Cafetería, en el centro de Guadalajara. Satisfecho con la delicia fui al Museo Cabañas, palacio colonial y antiguo hospicio. En la Capilla Mayor, me deleité apreciando los brillantes murales de José Clemente Orozco sobre la Conquista. Luego caminé a lo largo de la Plaza Tapatía por todo el centro hasta la Catedral y plaza de origen colonial. Me atrajo el colorido de la cúpula y torres de mosaicos amarillos de la Catedral. Este es un Mexico hispano. Cerca de la sede antigua y céntrica de la Universidad Autónoma de Guadalajara tomé un café con mi colega Francisco, filósofo barbudo vestido de negro con este calor. Fue breve pero cordial el encuentro y nos veremos en abril en Vancouver. Ya por la noche mis amigas Itzia, Pau e Ili me llevaron al festival de música alternativa 212 en avenida Chapultepec. En la calzada y frente a los escenarios se reunía la juventud tapatía de aire urbano y cosmopolita. En la calzada había esculturas de Catrinas coloridas y coquetas por el Día de los Muertos. Modernidad y tradición. De allí nos fuimos a Tlaquepaque, pueblo mágico de calles angostas y empedradas y casas coloniales de dos plantas, fachadas coloridas y balcones coquetos. De balcón a balcón y de alero a alero colgaba papel picado multicolor por el Día de los Muertos también. La iglesita y plaza, más chiquiticas que las de Guadalajara claro, se me hicieron simpáticas. Ya casi a las 11 pm picamos: quesadilla de camarones, sopes de marlin y guacamole con atún fresco. Yo acompañé las botanas o bocas con una cerveza Pacífico. Cuando regresamos a Guadalajara, fui directo a dormir. El domingo la llevé suave por la mañana. Por la tarde las muchachas me llevaron al pueblo mágico de Tequila. Hicimos una visita guiada por la tequilera Orendáin para conocer el proceso tradicional de producción del licor. Degustamos tequila blanco, reposado y añejo, 100% agave, es decir, sin mezclas con azúcares que no provengan del agave azul de Tequila que otorga la denominación de origen al licor. Me gustó el añejo. También probé un licor de café a base de tequila (no de licor de caña) que estaba delicioso. Pero la llevamos relativamente suave y salimos bien de la tequilera a comer en una marisquería del centro del pueblo. Pedimos camarones en aguachile, pargo zarandeado (a las brasas), empanadas de marlin y tacos de camarón. Delicia. Un señor de casi ochenta años cantaba piezas tradicionales mexicanas para animar el ambiente. Vestía sombrero ranchero y llevaba bigotito recortado. Su potente voz parecía la de Pedro Infante o Jorge Negrete en el auge de su carrera. Como aceptaba peticiones, le solicité "Me he de comer esa tuna" y la cantó. Me alegró. Pensé en una rica tuna. Luego caminamos por las calles empedradas, algunas aún con la cuneta de desagüe profunda en el medio, al estilo colonial. Los vivos colores del pueblo, acentuados por las calaveras y papel picado del Día de los Muertos, iluminaban el inicio de la noche. Aún tuvimos tiempo de visitar una tequilera artesanal del siglo XIX y atisbar esculturas de Sergio Bustamante y Leonora Carrington en un jardín. Regresamos a Guadalajara acompañados por un cachito de Luna. Nos despedimos con abrazos y mis agradecimientos. Y se acabó esta aventura tapatía.
La Vida peripatética y generosa me ha traído a Guadalajara, perla tapatía. Esta mañana de sol refulgente la gente camina tranquila y feliz por el centro histórico. Los paseos arbolados regalan su deliciosa sombra. Yo espero disfrutar el día con mis amigas y amigos. Espero compartirles en estos Apuntes y Postales alguna experiencia. Por lo pronto: ¡Feliz domingo! Desde el soleado Jalisco.