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miércoles, 5 de junio de 2019

Detalles impresionistas del regreso

Vista aérea de mi valle iluminado por titilantes luces amarillas. Besos y abrazos de bienvenida en el aeropuerto Santamaría. Noche veraniega y despejada en pleno invierno. Crema casera de ayote. Calor. Sudor. Trópico intermontano. Medianoche ardiente. Madrugada tibia y serena. Alborada fresca y pacífica. Meditación y desayuno. Aguaceros. Fogosidades. Risas: "Vení y hagamos un trío", comedia stand-up feminista y tico-mexicana. Desayuno con gallo pinto, huevo con tomate, tortilla palmeada de maíz, picadillo de arracache y café Taza Amarilla en la Feria Verde de Aranjuez. Escuchar murmullos del río y canto de pájaros. Caminata de reminiscencias escolares y familiares por Calle Blancos. Siesta sabatina deliciosa. Conversaciones íntimas. Incendios nocturnos. Dormir de ensueño. 

Alba cariñosa. Mañana pausada. Tarde cartaginesa de azul zafiro en plena estación lluviosa. Orquídeas y lirios acuáticos en el Jardín Botánico Lankester. Bambúes, rocas, cipreses y estanques en el Jardín Japonés. Yuca, crema de pejibaye y trucha a la caribeña con coco y jengibre en el Taller del Artista. Anochecer con vista a las montañas boscosas de Tres Ríos. Proyección de A River Runs Through It en mi sala de cine. Birritas Pilsen. Recuerdos de Arkansas, sueños con Montana. Ríos y palabras: conversación de mente, alma y corazón. Miradas intensas. Respiraciones profundas. Espontaneidades. Deleites frutales y cafeteros. Momentáneas despedidas. En Casa Manga, fideos ramen con camarones y vegetales en caldo de soya al limón (sincretismo nipo-tropical). Rubia de barril. Abrazo. Conversación. Amistad. Casa. Silencio. Saudade. Inquietud. Despertar antes del alba. Escribir en mi apartamento con luz tropical. Tomar café Taza Amarilla, un presente sabroso, con Pa y Ma en su casa. 

Reencuentros. Abrazos. Besos. 

Amistad profunda. Amor profundo. 

Vida plena.

Jardín Japonés en el Botánico Lankester (Foto: j.T)

sábado, 30 de marzo de 2019

Mudanza primaveral: Todo cambia

Niall y Clare han sido mis amigos desde que llegué a Brooklyn. Niall incluso fue mi compañero de apartamento cuando ambos nos mudamos a Nueva York. Después ha habido muchos cambios, muchas mudanzas. Pero siempre hemos sido amigos los tres.  Y ellos, felizmente, se casaron.

Hace tres años me pasé del barrio brooklynense de Kensington al de Windsor Terrace para vivir más cerca de ellos. Hemos sido vecinos aquí por casi tres años. Hace cinco meses nació Saoirse, su hija, y hemos sido vecinos los cuatro desde entonces. Han sido mi familia aquí en las cercanías del Parque Prospect.

En este hermoso sábado primaveral llegó el momento de su mudanza a la península de Rockaway. Allí estarán más cerca de la familia de Clare. Esta semana he estado ayudándoles con los preparativos. Me sentí privilegiado de acompañarlos mientras íbamos empacando sus cosas y desmontando un hogar para crear otro. Mientras lo hacíamos, Saoirse nos miraba con sus grandes ojazos azules y nos sonreía. 

Ya les dí el abrazo de despedida y los vi partir. Me quedé un toque solo.

Es tiempo de transformaciones primaverales. Con alegría y valentía les doy la bienvenida.


Todo cambia. Pero no cambia mi amor.

sábado, 24 de noviembre de 2018

De Tetzcotzinco a San José: Palacios, flora, jardín y jardinero

Hace una semana, caminando por Tetzcotzinco, el palacio de veraneo que erigió Nezahualcóyotl en las afueras de Texcoco, admiré la flora que crece en los cerros semiáridos de la zona. Abundaban los nopales cargados de tunas rojas, las suculentas jade con tiernos brotes amarillos y los árboles de sombra llamados pirules. Nezahualcóyotl tuvo a sus súbditos para construir su palacio y a la Naturaleza para regalarle la flora.

Dentro de pocas semanas estaré de nuevo en mi apartamento en San José. No es un palacio suntuoso sino un espacio sencillo. Pero se ha convertido en un palacio emocional, uno de mis hogares. Allá tengo un jardín pequeño pero hermoso, donde crecen rosales de flores magenta y amarillo, orquídeas de dos especies, enredaderas de pasiflora roja, bougainvilleas veraneras de flor blanca, geranios escarlata y otras plantas. 

No tengo súbditos, sino un Jardinero Fiel que cultiva mi jardín con Amor. Hoy es su cumpleaños. Lo felicité y por él doy Gracias. Soy un bendecido por la Vida. 

Flora en Tetzcotzinco

miércoles, 15 de agosto de 2018

Amor en el hacer

Aprendí a cocinar con amor observando a mi mamá y a mis dos abuelitas. Sin ser gran cocinero, cuando cocino para alguien, o mejor, cuando cocino con alguien, lo hago con amor porque lo aprendí viéndolas a ellas cocinar para sus familias. Y cuando alguien me cocina con amor, agradezco el presente como una gracia divina.

Kahlil Gibrán escribe, en El Profeta, que el trabajo sin amor es un quehacer vano. En cambio, cuando una persona trabaja con amor, se víncula consigo misma, con su prójimo y con la Divinidad. Gibrán no se refiere solamente al trabajo, ni a los quehaceres cotidianos, sino a todo nuestro hacer. 

En la novela Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, los platillos que cocina Tita causan tanta emotividad y pasión en los comensales porque ella vierte sus sentimientos en su hacer culinario. Su cocina es sentimiento. Sentir es cocinar. Cocinar es amar.

Hacer con amor. Amor en el hacer. Lo aprendí de mi mamá y de mis abuelitas, Dora y Luz. En la cocina, por ejemplo, han vertido su amor para muchas generaciones de descendientes de los C. M. y los B. Q. Y no solamente en la cocina, claro, sino en todo su sabio hacer, educar, cuidar, guiar, formar y trabajar.

Siempre procuro -- procuramos Xinia, Anto y yo -- agradecerles. Hoy ha sido día especial para hacerlo ante una mesa del desayuno espléndida, servida con amor y disfrutada en familia.

Gracias Ma, Luz, Dorita, por el amor en todo su hacer.

Mesa servida con Amor (Foto: Xinia Campos)

miércoles, 21 de marzo de 2018

Nieve y begonias

La nieve cae en copos gruesos y grandes. Danza en el viento y gira antes de posarse sobre el plátano de sombra frente a mi ventana o en los rosales y la enredadera del jardín trasero. Cubre de blanco y silencio a mi mundo brooklyniano. Entonces mi Jardinero Fiel me envía una foto de las begonias en el patio de luz de nuestra casa familiar en San José. Son angelitas níveas de corazón dorado. "Su sabor es ácido", me escribe. "¿Cuándo las habrá probado?", pienso yo que sólo recuerdo el dulce sabor de las amapolas rojas. Cuando era chiquito, chupaba su néctar en el antejardín de casa de mis abuelos Hernán y Luz. Hoy quisiera probar el ácido sabor de las begonias en nuestras casa tropical. Pero no siento nostalgia: la nieve boreal me regala su pureza y serenidad.

Begonias en claroscuro (Foto: R. Campos)

lunes, 19 de marzo de 2018

Lo simple y esencial

Hay días como hoy en que la Vida te recuerda lo simple y esencial: el cuidado de tu madre, el abrazo de tu padre, el calor de tus amigos, el cariño de la amiga que vive en tu corazón, la sonrisa de tu hermana, la voz de tu otra hermana, el Amor que nos une. Por todo esto, en la paz y quietud de mi casa doy gracias.

Xinia (Foto: Tracey)

domingo, 25 de febrero de 2018

Nombre de flor y mariposa

Cuando una mariposa besa a una flor, a través de ese beso el cosmos deja fluir su energía generosa con sabor a dulce néctar. Cuando la mariposa abre las alas y vuela, el cosmos y la flor se embelesan por su resplandor colorido. La mariposa necesita tanto los momentos de descanso y deleite, posada en la flor, como los momentos de volar y embellecer su entorno. Yo conozco a una mariposa así. La admiro y llena también mi vida de alegría. Por ella me regocijo y doy gracias.

Xinia: nombre de flor y mariposa

sábado, 24 de febrero de 2018

Buscar el pan con L

Mis primeros dos pensamientos al despertar hoy parecían incongruentes. Primero, con un sentimiento de saudades, tristeza y empatía entremezcladas: "¿Cómo estarán M y A?" Son las hijas de mi prima L que mejor conozco, pero J, C y J también ocupan mis pensamientos. Segundo: "No tengo pan para desayunar." Me vestí y salí de mi cuevita a buscar el pan abrigado, pensando que sentiría frío húmedo. Y sin embargo era una mañana despejada, sin la garúa de los últimos dos días, y fresca, pero no fría. En los árboles de la avenida 10 cantaban los gorriones. Entonces pensé en ella. 

Su última mañana en Coronado, L se levantó temprano y salió a buscar el pan para el desayuno. La imaginé caminando hacia la panadería, fresquita y alegre, a las 6 am, esa hora de luz suave y abundante y temperatura fresca en San José. L ya no regresaría a casa. Pero sus últimas sensaciones conscientes debieron ser agradables, placenteras: la intensidad de la luz tropical, el frescor del aire montañez, el día pleno en posibilidades, el saludo y las voces de los vecinos, la anticipación del sabor del café negro con pan fresco.

Esto imaginé. Me percaté que el pensar en M, A y el pan estaba vinculado de forma misteriosa. Y dejé que la luz plena que iluminaba esta mañana brooklyniana iluminara también mis pensamientos y sentimientos. Permití que esa luz invadiera los recovecos un tanto oscuros de mi corazón dolido en estos últimos días. L es hoy un haz de luz tropical en nuestros corazones.

Corazones iluminados por luz tropical

jueves, 22 de febrero de 2018

L cuidando y bailando

L se nos fue. Cuando me llegó el mensaje, ni siquiera entendí que era ella quien había fallecido. Era inconcebible. Demasiado joven, vital, alegre. La semana anterior nos escribimos y ella estaba en la playa. "¿Cuál L?", pregunté, pensando que sería otra persona, otra L a quien yo no conocía. Leí la respuesta: nuestra prima L. Sentí el golpe. Y no dije nada a nadie. ¿A quién? ¿Para qué? Yo estaba en el campus, en medio de los quehaceres diarios. Terminé las labores del día. Luego visité el lago, como siempre. Guardé silencio frente a sus aguas. Ahora, en la quietud de la noche y la paz de mi soledad, pienso en ella. Amó a nuestros bisabuelos, Manuel y Cristina. Amó a toda nuestra familia. Nos "chineó" (mimó) y nos atendió a todos siempre que pudo. Quiso mucho a mi abuela Luz. Cuidó a sus hijos e hijas. Bailó mucho, siempre con alegría. La recordaré así: cuidando, bailando.

Una alegría que florece, otra alegría que nace

sábado, 10 de febrero de 2018

Crónica: Mi Jardinero Fiel

Comparto otra crónica familiar, Mi Jardinero Fiel, sobre el amor y los cuidados florecientes. Es la última escena antes de haber salido de San José hace un par de semanas. Acompaño esta entrega de una foto que me mandó mi Jardinero desde San José después de que llegué a Brooklyn. Son grupos de ángeles reunidos en la veranera.

A veces, como esta noche cinéfila, me hacen pensar en mi película favorita, Der Himmel über Berlin de Wim Wenders: El cielo sobre Berlín o Las alas del deseo.

Foto: R. Campos

martes, 6 de febrero de 2018

Crónica: Luz lectora

Comparto mi crónica de la semana pasada en Viceversa Magazine, "Luz lectora", sobre mi abuela luminosa. Es un perfil personal, resultado de conversaciones recientes con ella en su casa en San José.

Me satisface compartir la crónica, además, porque la fotografía que la ilustra es de mi amiga Emília, fotógrafa brasileña (Instagram: @emilia.silberstein). Hace mucho que sigo y admiro su obra en fotografía y cinematografía. Cuando nos vimos en noviembre pasado en Río de Janeiro, le propuse que colaboráramos combinando una fotografía suya con una crónica mía. Aceptó. Intercambiamos varias ideas, primero cenando comida árabe en la Praça Nelson Mandela en el barrio de Botafogo y luego tomando café en el patio del Instituto Moreira Salles en el barrio de Gávea. Yo había visto ya dos fotos suyas de mujeres lectoras y se me ocurrió la idea de un perfil sobre mi abuela Luz, lectora ávida e inteligente. Este es el resultado. 

Gestación de la idea en el Instituto Moreira Salles, Río de Janeiro

viernes, 24 de noviembre de 2017

Cumpleaños

Hoy cumple años mi Jardinero Fiel, quien cuida de mis orquídeas y rosales y enredaderas allá en San José. Gracias. Y desde Vitória, mirando al Atlántico: ¡Felicidades!

lunes, 21 de agosto de 2017

Caminata impresionista por Antigua

Largas tapias blancas con techitos de teja. Calles empedradas. Coloridos frentes de casas coloniales con grandes puertas de madera reforzadas con marcos de hierro. Ventanales y verjas de hierro forjado o madera torneada. Enormes faroles de hierro y cristal cuya luz amarilla ilumina las calles taciturnas. Plaza central rodeada de catedral, ayuntamiento y antiguas casas convertidas en tiendas y cafés. Mujeres mayas con sus vestimentas tradicionales de tejidos coloridos. Hombres mayas indistinguibles de los ladinos pues ya visten igual. Mujeres mestizas indistinguibles de las "blancas" excepto por la clase social. Iglesias en ruinas. Al sur, el colosal Volcán de Agua. Sobre éste, en noche despejada, la Cruz del Sur. 

Atisbo todo esto mientras camino acompañado de mi mamá, filósofa mística que siente el espíritu sus ancestros españoles e indígenas, y de mi abuelita Dorita, dama elegante y prudente, quien caminó por estas mismas calles y plazas junto con su hermana Estrella y hoy ha vuelto a recorrerlas en mi mente y corazón.

domingo, 13 de agosto de 2017

En Playa Blanca de Punta Leona

A pesar del día nublado y los aguaceritos pasajeros, nos pasamos horas de horas en playa Blanca. Nos invitó, a mis papás y a mí, mi tío W y estaba toda su familia. Mi prima P fungió como natural anfitriona. Le nace cuidar y atender. W, por su cuenta, nos entretuvo contandonos historias y anécdotas suyas. "Yo soy vivo, no soy tonto, pero a veces soy idiota", dice y procede a explicar las veces que por cariño le dejó pasar varas a un amigo hasta que se le montó. Pero lo contó riéndose de sí mismo. Luego recuerda los consejos de su papá, mi abuelito Hernán, y se emociona y le brotan lágrimas. Entonces mi mamá dice: -Es que Papá tenía una sabiduría natural -. Es cierto, salió adelante solo y sacó adelante a su mamá y hermanos menores desde que quedó huérfano en su adolescencia.

 Y así continúa la conversación mientras rompen suaves las olas y los monos cariblancos acechan en las ramas de los almendros para robar comida de las mesas de almuerzo de los bañistas. En la nuestra hay tortillas de maíz palmeadas, frijoles molidos, picadillo de papa, atún arreglado, aguacate con limón, mejillones. Surtida y abundante. 

Como es lo normal en los ticos, estamos todos juntos en pelota casi todo el rato. Y a mí me agrada este día en familia. Igual saco un rato para ir solo a explorar las piedras, caminar por la playa hasta la punta, escuchar el romper de las olas contra las rocas y observar los matices verduzcos y grisáceos del mar. 

Pero regreso pronto. Este es un día para estar en familia. Es un pequeño placer que se me da poco. Hay que disfrutarlo cuando se me presenta.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Un almuerzo familiar

Esta vida peripatética a veces me lleva y me trae más de lo que yo espero. Pensé al llegar a Costa Rica a principios de julio, por ejemplo, que estaría acá hasta fines de agosto. Pero tuve que hacer un viaje relámpago de cinco días a Brooklyn por cuestiones de trabajo y, para peores, burocráticas y no filosóficas. Trabajé mucho. Pero el viaje me dio la oportunidad de tomar un cafecito en L'Albero dei Gelati con Tami-san, caminar por un rato por Prospect Park con M, mi amiga bengalí, para ponernos al día y encontrarme con un ramo de lirios frescos.

Anoche aterricé, exhausto y con el oído un poco inflamado, en el Santamaría. Me recibío mi Tata. Me abrazó como siempre y me trajo a casa por segunda vez en menos de un mes. Y hoy almorzamos todos en familia. Un almuerzo en apariencia simple pero preparado con esmero por mi mamá: ensalada variada y abundante, arroz con zanahoria, frijoles negros, tortillas de maíz, atún a la plancha con semillas de ajonjolí negro y plátano maduro horneado. Pero después de cinco días de mi comida insulsa en Brooklyn, ¡me supo tan rico! 

Y aunque Anto, Xinia y mi papá hablaban cada uno de un tema distinto mientras mi mamá escuchaba y yo la observaba y trataba de seguir el hilo de los tres al mismo tiempo, sentí tanta armonía que agradecí la breve partida para poder vivir este sencillo y cotidiano regreso.

lunes, 6 de marzo de 2017

Un sueño, dos ríos, dos tíos

El domingo me desperté en medio de un sueño lúcido que me alegró. Estaba visitando a mi tío Yique con mi papá. Ellos dos tenían como treinta años. Yique vestía saco y pantalones de lino blanco y camiseta turquesa. Vivía en un apartamento cuyas paredes eran enormes ventanales. Elevado por altísimos pilotes, su casa se ubicaba en medio de un río y se conectaba a una pared del cañón en sus márgenes por un puente. Por una puerta corrediza de cristal se salía de la sala a una terraza de madera desde la cual se veía el río que corría por debajo: profundo, ancho, de aguas limpias pero correntada poderosa que rugía en las piedras y levantaba arena del fondo. Mientras lo observaba y pensaba que era el río Barranca, mi papá traía de adentro tres carruchas con cuerda, plomo y anzuelo. Lanzábamos cada uno la cuerda al río, unos veinticinco metros abajo, para pescar. Yo no lograba lanzar la cuerda correctamente para que se desenrollara con el peso del plomo y el anzuelo llegara al agua. Entonces Yique me enseñaba cómo. Con un movimiento certero y fuerte lanzaba plomo y anzuelo y la cuerda sonaba al desenrollarse. 

Entonces, mientras yo hacía mi primer intento de lanzar el anzuelo, Yique se subía a la varanda y se dejaba caer al río con traje y todo. Yo me angustiaba y pensaba que se iba a matar. Mi papá salía del apartamento y bajaba corriendo por entre los peñascos del cañón del río para alcanzar la orilla. Yo me decidía y me lanzaba de clavado. Caía al agua y buscaba a Yique desesperadamente. Me zambullía y lo buscaba y volvía a salir y atisbaba la superficie y la orilla sin verlo. La corriente no me arrastraba porque el río ahora se parecía a los remansos del estuario en las bocas del Térraba. Tras varias zambullidas, empezaba a perder la esperanza de encontrarlo. Entonces llegaba mi papá con mi tío Chino, flaco y velludo, a la orilla y entraban con parsimonia al agua. Chino tenía cuarenta años y estaba pensativo. En eso, el cuerpo de Yique salía a flote de espalda, los brazos abiertos en cruz. Yo pensaba que se había ahogado. Pero cuando nadaba hacia él, Yique expelía agua por su boca como ballena, se reía, con esa risa de labios entrecerrados y mirada pícara que recuerdo de él, y se ponía a nadar en dorso. 

Entonces me desperté. Me alegró tanto ver a Chino y Yique con mi papá. En todo el domingo no hablé con nadie. Me sentía sereno y ponderaba el por qué del sueño. ¿Quizá lo soñé porque en el sábado por la noche dejé a Ulises despidiéndose de la diosa Kirkê antes de zarpar hacia la aguas frías y oscuras de la región de los muertos?  ¿Eso me sugestionó inconscientemente? ¿Zarpó hacia allá mi inconsciente?

¿Qué decir un domingo en el que te encontraste en sueños con dos tíos, cada uno en su río? El Barranca forma parte de nuestra historia familiar con Yique, el Térraba con Chino. Al Barranca, en la cercanías de Puntarenas, íbamos de paseo con Yique y su familia. Bajábamos del puente hasta la orilla cubierta de grandes piedras, y pasábamos el día escuchando el rugir de la corriente, bañándonos en los pequeños remansos y comiendo frijolitos molidos, tortillitas, huevos duros, atún. Chino nos llevó a navegar por las bocas del Térraba, donde pescaba pargo y camaroneaba en los playones. Una vez se perdió dándole vuelta al mismo islote, hasta que reconoció al mismo grupo de monos en un árbol. Eso cuenta mi papá. Otra vez nos llevó a nadar y camaronear. En mis sueños y sus misteriosas fuentes ambos tíos están bien, uno sereno y el otro juguetón, felices en sus ríos. 

jueves, 26 de enero de 2017

Una historia de amor y una fiesta familiar

Manuel Quirós, de Aguacaliente de Cartago, se casó con Cristina Loaiza, de Cartago, supongo que por allá de 1920 o un poco después. ¿Cómo se conocieron? ¿Cómo se enamoraron? 

Él era uno de la docena de hijos de Julián Quirós y ña Chepa Rojas (¿Josefa?), creció en una finca familiar donde sus labores eran agrícolas, y eran evidentes sus rasgos de origen indígena, Yo diría que era un gran huetar. Manuel era inteligente. Un maestro intentó persuadir a don Julián de que le permitiera estudiar derecho. Pero el patriarca de los Quirós quería a su hijo trabajando en la finca. 

Cristina, por su parte, era mujer mestiza, hija de un hijo de gamonal criollo y de Ángelica Loiaza, Mita, también de rasgos indígenas. El joven ricachón no dio su apellido a Cristina, pero sí ayudó a Mita para que la criara con un hermano y una hermana más. (Cuánto la "ayudó" el joven es cuestionable porque Mita era la empleada de sus padres, pero así eran las cosas). Así, Cristina creció en la antigua capital de Costa Rica. 

Algunos dirían que ella era de mucha alcurnia para él, según los estándares sociales del conservadurismo tico. Pero por dicha se casaron y Cristina se fue a vivir con Manuel en casa de la familia de ñor Julián  y ña Chepa  en Aguacaliente. Pero el destino de la pareja sería otro. Algún hermano de Manuel envidiaba las preferencias de ña Chepa para con Cristina, señora de la capital. Un familiar de Manuel que vivía en San José le dijo: --Venite que ya te tengo trabajo--. Lo del trabajo era mentira pero sirvió de anzuelo: Manuel y Cristina se fueron para San José.

En San Francisco de Calle Blancos tuvieron y criaron siete hijos: Daisy, Miguel, Carmen, Luis, Luz, Nelly y Lilí. Además dieron hospitalidad y cariño, e incluso criaron, a varios niños más. Luz es mi abuela.

Manuel Quirós trabajaba en los talleres de Obras Públicas de primera mitad del siglo XX. Además tenía ingenio e inteligencia de ingeniero. Simplemente observando una rueda de Chicago importada de la Yunai, él mismo diseñó y construyó la primera rueda de Chicago hecha en Costa Rica. La llevaba a todos los turnos que se hacían en los pueblos del Valle Central y más allá, hacia el Caribe, a Turrialba y Limón. Las hijas vendían los boletos, los hijos ayudaban a Manuel en la operación mecánica de la rueda. Cuando había mucha fila, reducían las vueltas de la rueda por boleto. Pero era generoso: a los chiquillos que no podían pagar, los "clavos", los dejaba montarse gratis al principio del día. Cada vez que paraba la rueda se tiraban un mechazo de guaro. (Cuando mi abuela Luz me cuenta esos detalles se ríe). 

Manuel abrió además una pulpería y cantina en San Francisco. La atendían sus hijas. Al frente vendían abarrotes y al fondo le servían a los señores que pasaban por un traguito de guaro.  Prosperó la pareja. Manuel y Cristina fueron generosos y amorosos. 

Yo recuerdo la casa de mis abuelitos Manuel y Cristina. Era de madera, de frente angosto pero largo fondo, con varios dormitorios a lo largo de un corredor interno que desembocaba un salón comedor amplísimo. Por unas escaleras cortas se subía a la enorme cocina al fondo, antes del patio. Al fondo del patio, estaba el taller de mi bisabuelo. Manuel era alto, moreno, de cara ancha, orejas enormes, paradas y peludas. Toleraba mi presencia en su taller y sonreía. ¿Qué pensaría de mí, aquel niño inquieto, blanquito, rubio, ojos claros, juguetón? Cristina era pequeñita, menudita, de nariz fina, cabello rizado, ojos dulces, sonrisa tierna. Les encantaba recibir gente. En el gran salón comedor armaron muchos bailes y se festejaron su matrimonio muchos vecinos que pedían la casa. Bailaban mucho mis bisabuelos. Eran alegres.

Yo era niño de escuela cuando fallecieron. Los quería pero no sentí tristeza. Sí percibí la tristeza de los que me rodeaban, como mi prima Laura. Mi mamá y hermanas heredaron algún recuerdo material de Cristina, un dije, una cadenita. Yo, de mi bisabuelo Manuel, heredé un sombrero estilo vaquero y el libro de aritmética que él uso para estudiar. Ese libro está en mi biblioteca aquí mismo, en mi apartamento guadalupano: Aritmética: Curso medio con cálculo mental y numerosos ejercicios por G.M. Bruño. Edición para el Occidente Colombiano de Félix de Bedout e Hijos. No tiene fecha de publicación. La solapa está firmada, de su letra y mano, en tinta negra de pluma, por Manuel Quirós R. Es mi libro más valioso. Con él aprendió aritmética un gran ingeniero, sin diploma pero con toda la creatividad e inteligencia de un maestro diseñador y constructor.

Pero lo más importante es que, según yo los recuerdo, eran personas felices y una pareja feliz. En vida tuvieron hijos, hijas, nietos, nietas, bisnietos, bisnietas. 

El sábado pasado, muchos de sus descendientes, la gran familia Quirós, nos reunimos en el rancho La Hermosa, en Orotina de Alajuela, para hacer una fiesta. Bailamos con un conjunto, luego con mi tío Hernán como disk jockey, y luego con mi primo Allan como cantante salsero, merenguero y cumbiero, acompañado en dúos por Ramirillo o Hernán. En la última fase de la fiesta, cantamos karaoke. Reímos. Ya había incluso tataranietos y una tatara-tataranieta de Manuel y Cristina. A algunos los conocía y a otros no. Pero la pasamos pura vida.

García Márquez crearía una saga familiar de todas las generaciones presentes en la fiesta porque los Quirós no se les quedan atrás a los Buendía en historias dignas de ser contadas. Yo no soy novelista. Soy un tipo familiero y aspirante a bailarín. Quisiera ser poeta pero me quedé en filósofo. Lo que sé, y puedo dar mi fe y mi testimonio, es que hay toda una familia alegre y bailarina que se reunió a disfrutar y que encuentra su origen en los amoríos cartagineses de Manuel y Cristina.  


domingo, 1 de enero de 2017

Bailadita, Cruz y Estrella

Para despedir al año viejo y festejar el nuevo, hicimos fiesta familiar en La Hermosa, el rancho de mi tía Yaya y su familia. La Hermosa queda en el cantón de Orotina, provincia de Alajuela. Nuestra Libélula queda en el distrito de Tárcoles, cantón de Garabito, provincia de Puntarenas. Pero en realidad estamos todos cerca del límite entre los cantones y las provincias. Y cuando se acercaba la media noche, alejándome del salón  de La Hermosa y mirando al cielo encontré alta, a unos 55 grados sobre el horizonte, la misma Cruz del Sur que siempre busco en La Libélula. Pensé que nuestras fronteras humanas son insignificantes. Nos une el Amor y el Cosmos. 

De vuelta en el baile, disfruté un par de merenguitos y varias salsas con Isa, otras con Xinia, cumbias con Yaya y mi mamá, hasta reguetones todos juntos con primas segundas, terceras y hasta cuartas. Nos animaban "mipri" Alvarito y mi tío Hernán como disk jockeys. Entre el baile y las boquitas - paella, carne y salchichón asados, gallitos de pollo y similares - se fue el Año Viejo que yo no olvido, no no no, porque me dejó cosas muy buenas, cosas muy bonitas. Y llegó el nuevo. Antes de regresar a La Libélula, ya de madrugada, le mostraba la Cruz del Sur en el firmamento a Mami, Xinia e Isa cuando se descolgó del cielo una estrella fugaz. Disfruté el regalo de la Vida pero no le pedí nada. Que me traiga lo que quiera.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Cuidarnos con rica cuchara y buena tertulia

El domingo nos sentamos a la mesa todos juntos: mis papás, mis hermanas, mi cuñado y yo. Esta vez nos acompañó Jahel, mi amiga mexicana, actriz y súper buena nota, quien no pudo viajar a visitar a su familia en el D.F. este año. Me alegró que estuviéramos todos juntos y que ella nos acompañara. Hace un año mi Tata convalecía, mis hermanas y mi mamá lo atendían. Mientras tanto, yo estaba en Brooklyn, preparándome para salir de mi apartamento en Kensington, deshaciéndome de todo lo que podía y empacando solo lo esencial. El día de Navidad almorcé con la familia de Clare, los McCarthy, una de las familias que me han adoptado en mis andares por la Yunai através de los años. Recordé que la primera navidad lejos de casa la pasé con los Henry en el norte de Arkansas, la siguiente con los Heffington en una granja en Alabama, la siguiente con los Beyeler en su hotelito en Interlaken, Suiza, donde yo trabajaba, y así tantas, hasta las más recientes con los Smith-Connolly y los McCarthy en Brooklyn. Siempre tuve anfitriones generosos que me acogieran y me cuidaran. Por ello, este año, disfruté tanto que mi familia pudiera acoger a Jahel y que ella pasara toda una hermosa tarde decembrina tertuliando con nosotros, incluso con mi abuela Luz, quien llegó después de haber almorzado en su iglesia. Jahel probó la cuchara de mi mamá; como retribución, nos contó sobre las costumbres y la cocina mexicanas, en el Veracruz de su papá y el D.F. de su mamá, durante la Navidad y el Día de Reyes. Mi abuela la pasó tan bien que quiso que Jahel conociera de una vez su casa cuando la fuimos a dejar. La hizo pasar y le mostró todo, desde la sala de entrada hasta el jardín de fondo. Cuidarse, ser cuidado y cuidar: así es linda, más rica, la Vida. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Buen día y Noche Buena

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El cielo brilla, el sol me acaricia. La gente va y viene entre los puestico de la Feria Verde. El río Torres corre y canta. Me siento bajo la sombra de los árboles junto al quiosquito a desayunar: dos tortas de yuca, un picadillo de arracache en tortilla de maíz palmeada y cocida en el comal y un yodito negro. Una banda - percusión, bajo, guitarra acústica y vocalista - interpreta música latinoamericana: candombé yorugua, danza afroperuana, samba y otros géneros. La llevo suave, no tengo prisa, soy como ave jugueteando en la brisa. Es un buen día.  


Nos sentamos en la sala de nuestra casa familiar. Intercambiamos regalos: son gestos, lo importante es que estamos todos juntos, gracias a la Vida. Hoy mi amiga venezolana Marisol me dijo, desde Lisboa, que le gusta la magia de estos días en que la gente hace una pausa para disfrutarse. Miro a mis papás sentados juntos en el sofá y a mis hermanas y mi cuñado lo sillones en torno y me alegro, aunque extrañamente ande yo un poco melancólico. ¿Cómo se puede estar alegre por lo presente y melancólico por algo vago e inefable a la vez? No sé. Se puede. Luego pasamos a la mesa del comedor. Aunque la cena de esta noche es sencilla, hay abundancia: ensalada de lechuga, zanahoria, tomate y remolacha; arroz blanco con trocitos de zanahoria (vitamina A para todos y para mi papá); frijoles negros molidos; tamales a la tica de doña Lidieth, vecina de Lagunillas, con gusto a cocina de leña; y corvina a la naranja, horneada, con aceitunas y alcaparras. Saboreamos. Comentamos. Conversamos. Vivimos. Disfrutamos. Es una Noche Buena.