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miércoles, 5 de junio de 2019

Detalles impresionistas del regreso

Vista aérea de mi valle iluminado por titilantes luces amarillas. Besos y abrazos de bienvenida en el aeropuerto Santamaría. Noche veraniega y despejada en pleno invierno. Crema casera de ayote. Calor. Sudor. Trópico intermontano. Medianoche ardiente. Madrugada tibia y serena. Alborada fresca y pacífica. Meditación y desayuno. Aguaceros. Fogosidades. Risas: "Vení y hagamos un trío", comedia stand-up feminista y tico-mexicana. Desayuno con gallo pinto, huevo con tomate, tortilla palmeada de maíz, picadillo de arracache y café Taza Amarilla en la Feria Verde de Aranjuez. Escuchar murmullos del río y canto de pájaros. Caminata de reminiscencias escolares y familiares por Calle Blancos. Siesta sabatina deliciosa. Conversaciones íntimas. Incendios nocturnos. Dormir de ensueño. 

Alba cariñosa. Mañana pausada. Tarde cartaginesa de azul zafiro en plena estación lluviosa. Orquídeas y lirios acuáticos en el Jardín Botánico Lankester. Bambúes, rocas, cipreses y estanques en el Jardín Japonés. Yuca, crema de pejibaye y trucha a la caribeña con coco y jengibre en el Taller del Artista. Anochecer con vista a las montañas boscosas de Tres Ríos. Proyección de A River Runs Through It en mi sala de cine. Birritas Pilsen. Recuerdos de Arkansas, sueños con Montana. Ríos y palabras: conversación de mente, alma y corazón. Miradas intensas. Respiraciones profundas. Espontaneidades. Deleites frutales y cafeteros. Momentáneas despedidas. En Casa Manga, fideos ramen con camarones y vegetales en caldo de soya al limón (sincretismo nipo-tropical). Rubia de barril. Abrazo. Conversación. Amistad. Casa. Silencio. Saudade. Inquietud. Despertar antes del alba. Escribir en mi apartamento con luz tropical. Tomar café Taza Amarilla, un presente sabroso, con Pa y Ma en su casa. 

Reencuentros. Abrazos. Besos. 

Amistad profunda. Amor profundo. 

Vida plena.

Jardín Japonés en el Botánico Lankester (Foto: j.T)

martes, 9 de abril de 2019

Rumba cubana: "¡Adiós soledad!"

Volver a bailar: estrategia para volver a la vida. En la noche dominguera busqué a mis amigues para recibir la semana con la rumba de Musa en Sisters. Ahí nos reunimos a bailar y cantar. Lo necesitaba como desahogo.

Y me expresé no sólo con los movimientos de mi cuerpo sino con mi voz. Siempre bailo en la rumba pero nunca canto. Tiendo a escuchar los llamados del cantor y las respuestas del coro sin unir mi voz.

Sin embargo anoche el Maestro cantor empezó un llamado al cual el coro de rumberos respondía: "¡Adiós soledad!" Se movió mi espíritu y quise cantar también entre amigues, aunque fuera un ratico: ¡Adiós soledad! Me sentí amparado por las voces en coro.

Rumba cubana (Foto: Benedikt_H)

domingo, 24 de febrero de 2019

Respirar

Vos me mostraste, con tu ejemplo, el poder de la respiración. Respirabas meditando. Meditabas respirando. Cuando me viste agobiado, me dijiste: "Respirá". Hoy me desperté de madrugada con el pecho oprimido por un dolor emocional. Respiré. Respiré. Me relajé. Dormí. Me desperté soñando con una carta que me escribías. Suspiré aliviado. Durante el día, por momentos, respiré conscientemente. Y esta noche, al nadar, no me concentré en la sensación del agua en mi piel, ni en el sonido rítmico de mis brazadas, sino en mi respiración. Fue una forma de meditar respirando, como aprendí de vos. Ahora me voy a dormir. Respiraré hasta caer en sueños para encontrarte en ellos. Respiraré soñándote.

Respirar nocturno (Foto: LeticiaE)

sábado, 14 de julio de 2018

Sensual paz caribeña

Llegué pedaleando hasta mi caleta favorita entre La Boca de Sanctis Spíritus y Playa Ancón. No había nadie. Desmonté y recosté la bici al horcón de uno de los ranchitos de palma de la playita. Dejé mis chancletas y camiseta disimuladas entre piedras. Pensé en desnudarme pero no lo hice. Caminé hasta la orilla donde el agua esmeralda besaba a las rocas. Aunque la tarde había avanzado, el elevado sol occidental aún abrasaba. 

Entré al agua con suavidad y en silencio. El leve oleaje me invitaba a nadar y juguetear a gusto. Me alejé de la orilla rocosa nadando pecho y me adentré en el Caribe sereno. Cuando ya me sentía distante de la orilla me detuve a flotar, tijereteando con las piernas y trazando círculos gentiles con brazos y manos.

Admiré por un momento el bosque de malinches de frondas engalanadas por flores de rojo coral. Luego giré a mi izquierda y observé en la distancia, más allá de la desembocadura del río Guaurabo, las filas de montañas de la Sierra del Escambray. Conté siete filas: entre más distantes, más oscuro su azul. Las montañas le daban una textura compleja y un toque de monumentalidad natural al paisaje. Giré un poco más y miré hacia el horizonte, donde el azul marino se encontraba con la bóveda celeste. 

Continué flotando. Sin pensarlo, simplemente sintiendo el leve oleaje del mar, mis propios movimientos tomaron un ritmo que sincronizaba bien con el ritmo del Caribe a aquella hora. Me abandoné a mis sentidos: al frescor del agua en mi piel, a la caricia del sol que ya descendía, al olor marítimo y el sabor a sal en mis labios, a los verdes y azules de mar, bosque, sierra y cielo, a los brillos y las sombras de la luz vespertina, al sutil sonido de mis brazadas circulares, a las distantes lamidas del mar en la roca.

En un breve destello de lucidez durante aquel abandono sensual, supe que sentía paz. Pero también intuí que no quería saberlo, solamente sentirlo. En aquel momento solitario de sensualidad sentí bienestar. De mi ser brota un manantial de paz, a pesar de cualquier tristeza o dolor. Sentí que esa paz brota de buena Fuente. Esa Fuente no soy yo, es la Vida, es el Amor. Di gracias y me dejé llevar. Sólo nadé a la orilla cuando el sol ya se sumergía en el horizonte caribeño.

Roca, mar y cielo

sábado, 7 de julio de 2018

Miradas cubanas

He disfrutado música en La Habana y Matanzas, natación en mar abierto, buceo en caletas de fondo coralino, ciclismo entre montañas y costa, y el sabor de pesca y fruta frescas. Pero lo que más he disfrutao han sido las vivaces y cálidas miradas cubanas al bailar y conversar.

miércoles, 27 de junio de 2018

¡A Cuba!

Pa' Cuba me voy. Alegre y feliz embarco. El itinerario: La Habana - Matanzas - La Boca, playita al lado del Parque Natural Topes de Collantes. Intentaré escribir. Si no lo hago durante el viaje es porque estoy contemplando la Luna llena sobre La Habana, escuchando son, montuno y danzón, bailando rumba y bolero, comiendo pesca del día y fruta fresca, nadando en el Caribe o buceando en arrecifes. Y si no regreso a Brooklyn, no se preocupen. Como me advirtió mi guapa Mar caribeña, "el danzón se mete por las venas". Búsquenme en la ruta marítima La Habana - Veracruz. En mi corazón caben muchos amores y pasiones.

Luna llena sobre La Habana (Foto: F. Valverde J.)

sábado, 19 de mayo de 2018

Ángeles junto al enebro

Elías desfalleció bajo la sombra de un enebro. Jezabel lo perseguía para matarlo y Elías huía al Monte Horeb. Después de andar todo un día por el desierto, abatido tras luchas, decepciones, traiciones y tribulaciones, se sentó bajo un enebro y le dijo a su Dios que quería morirse: "¡Basta ya!" Se acostó y se quedó dormido. Pero un ángel lo tocó y mostrándole comida y agua le dijo: "Levántate y come". Elías lo hizo y volvió a dormirse. El ángel le permitió descansar de nuevo antes de tocarlo por segunda vez y decirle: "Levántate y come, porque largo camino te resta". Elías se levantó, comió y bebió por segunda vez. Según la narración, Elías, "fortalecido con aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios" (I Reyes 19).

Yo pienso que los textos sagrados de todas las grandes tradiciones religiosas de la humanidad son fuentes de sabiduría. Son historias, reflexiones y poesías humanas que aguzan nuestro entendimiento y enriquecen nuestro espíritu.

La historia de Elías camino del Monte Horeb ha sido importante para mí en varios momentos de mi vida. ¿Cuántas veces ya he caído rendido bajo el enebro? Y todas esas veces, ángeles me han cuidado al dormir y luego me han tocado para animarme a nutrirme y retomar el camino.

Todos desfallecemos. Todos tenemos momentos de cansancio vital en los que nos preguntamos: ¿Hacia dónde voy? ¿Vale la pena? ¿Hacia dónde me llevás?

Elías al menos sabía que iba hacia Horeb, el monte de su Dios. Yo ni siquiera sé para dónde voy. ¿Qué sigue? Estoy sentado bajo el enebro. Quiero descansar. ¿Por qué el Amor no parece dar frutos? Merezco descansar. No es aún el momento de echar a andar. Pero sé que hay ángeles junto al enebro. 

Anoche salí a bailar con amigos y amigas al ritmo de Yotoco en Barbès. No hablé sobre mí. Solamente bailé con mi gente. Hoy por la tarde fui de nuevo a bailar con ellos a ritmo de Yotoco y el dj tres dos en el festival del Essex Street Market. Llovía y hacía frío. No hablé sobre mí. Nos calentamos bailando. De casualidad me encontré también a Lara, percusionista de Ladama Project, y su enamorada Carina. Nos abrazamos con alegría.

Todos ellos han sido mis ángeles, cuidándome junto al enebro sin saberlo ni haberme visto flaquear.

Sé también que mi fuente vital es el Amor. En ello confío. Aunque esté bajo el enebro, sé que esa fuente me alimentará  y fortalecido echaré a andar de nuevo. Y como siempre lo he hecho, dejaré que el Amor me guíe a mi nuevo destino. 

Rembrandt: "Elías y el ángel en el desierto"

domingo, 15 de abril de 2018

Mejenguita en el Parque Prospect

Caminaba ayer por el Parque Prospect junto al lago cuando vi una bola azul de fútbol número 4 extraviada en el zacate. Había muchas familias y grupos de amigos haciendo picnics y gran cantidad de chiquitos jugando. Miré alreador para identificar a los dueños de la bola. No vi a nadie atento. Me acerqué a la bola y me puse a hacer series con ella, obedeciendo un impulso al juego que rara vez he podido permitirme desde que me lesioné gravemente la columna. Pero ayer quería jugar y me puse a levantar la bola y mantenerla en el aire haciendo series con ambos pies. No he perdido mi habilidad todavía.

En eso estaba cuando se me acercaron dos niños, uno moreno, de pelo lacio negro, de seis años, y el otro afroamericano, rapado, de cuatro años. Me preguntaron si quería jugar con ellos. Les dije que sí. Entonces ellos formaron su equipo y yo solito el mío. Era muy importante que tuvieran nombres los equipos. Ellos escogieron Lion Skeletons o ¡Esqueletos de León! Al mío le puse Eagles o Águilas, por aquello de Huitzilopochtli. Luego ellos escogieron los arcos. El que ellos defendían era el tronco de un roble. El que yo defendía era un muro de piedra de 15 metros de ancho. Creo que no se dieron mucha cuenta de la injusticia.

Empezamos la mejenga, dos chiquitos contra un lesionado. Yo los marcaba apenas para que tuvieran que pasarse la bola entre ellos. Les dejaba el arco abierto. El mayor me marcaba a mí como defensa y el menor se convertía en portero. Corrimos bastante. Driblé, me driblaron. Bailé, me bailaron. Jugue, jugamos. Perdí 7-2. Gané dos amiguitos por media hora. Sentí el gozo de jugar fútbol por primera vez en casi tres años, desde que jugué con mis amiguinhos Felipe, Tiago, Lucas y compañía en Marília, Brasil, la última vez que fui. Ayer en el parque viví un momento no sólo de alegría sino de verdadera felicidad.

Mejenga en Madagascar, donde hasta ahora no he jugado (Foto: Rackyross)

martes, 27 de marzo de 2018

Padre, hija y prójimo: Simplicidad lúdica

Anochecía. Una chiquita y su papá se bajaron de su carro mientras yo ascendía la leve pendiente por Avenida 10 hasta mi Calle 17. La chiquita, blanquita de ojos azules y cabello rubio recogido en colita, tenía unos tres años. Jugaba en su imaginación pues había saltado del carro a la acera y andaba de puntillas y sigilosamente, como tigresa acechante en medio de una selva imaginaria. Su papá caminaba despacio detrás suyo. Los alcancé y rebasé. Cuando pasé al lado de la niña, la miré, me miró con luz de zafiros en la mirada y se rió con inocencia. Miré al padre y le sonreí. Continué caminando y la niña me alcanzó corriendo de puntillas, dando pasitos cortos pero rápidos. En la esquina estiró sus brazos hacia arriba y exclamó: Alright! Se detuvo, me miró y encorvó su columna, como si se escondiera en la selva imaginaria de nuevo, tigresa lista para atacar. Allí terminó nuestro juego conjunto. Ese pequeño momento lúdico llenó mi día de encanto infantil.

"Será como la luz matinal. 
Como el resplandor del sol en una mañana sin nubes. 
Como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra". 

Padre e hija (Foto: David Moreno Fernández)
      

jueves, 8 de febrero de 2018

Sesión laboriosa pero satisfactoria

A pesar de la pereza por el frío, sali de mi cuevita, fui hasta el YMCA y a las 9:43 pm me lancé a la piscina. La nadada de está noche fue laboriosa, incómoda, incluso un poco tortuosa. Me costó encontrar un buen ritmo. Intenté nadar pecho, libre, con manoplas, con boya, con manoplas y boya. Todo me costó. Solo en los últimos 250 metros empecé a sentirme bien pero ya tenía pocos arrestos de energía. Y sin embargo a las 10:32 pm salí de la piscina satisfecho. Al menos me eché al agua y nadé. Di lo que tenía aunque fuera una sesión pobre. Acepté que esta noche hice lo que pude. En el baño de vapor me relajé. Me duché con calma, me vestí en silencio y regresé a pie a mi cuevita. Está calientita y yo estoy relajado y sonriente. Esta noche dormiré contento, con sueño profundo.