martes, 28 de marzo de 2017

Pho y Banh Mi: Almuerzo en 5ive Spice

El domingo me encontré para almorzar con Sebastián, el líder de Yotoco. Quería agradecerle pues me otorgó permiso para citar versos de su canción "Indocumentado" en mi libro por salir publicado, Resilient Loving. Lo había invitado a Geido en Flatbush Avenue, mi japonés favorito, pero estaba cerrado. Pero fue un feliz contratiempo, pues Sebastián sugirió que fuéramos a 5ive Spice: Tacos and Banh Mi, un vietnamita en 5th Avenue que resultó una joyita culinara desconocida para mí. Yo pedí sopa pho de vegetales y Sebastián un "sanguche" banh mi de chancho. Lo demás fue tertulia. Es gracioso: él es ingeniero y músico, pero quisiera ser también filósofo, no profesional, pero sí cultivar el pensar y vivir filosófico más profundamente. Yo soy filósofo, fui matemático, quizá soy un poquito poeta y bailarín por entusiasmo y ganas, pero quisiera ser músico. Esa, sin embargo, es una buena fórmula para la amistad. 

El domingo Sebastián me enseñó sobre rumba y percusión cubana ligadas a rituales religiosos de orígen africanos y yo no le enseñé ni jota pero le hablé un poquito de filosofía moderna y de Kant, pues le interesa. Me pregunté si alguna vez escribí una canción y le dije que no pero que en la época universitaria escribía poesía. --¿En español?--, me preguntó. Pero le expliqué que no: como estudié todo en inglés, incluyendo literatura estadounidense, británica e irlandesa, mal imitaba lo que leía y escribía en inglés. Se rió y me dijo que él lo que hizo fue dividirse en dos cuando emigró de Colombia para Florida: la ingeniería y matemática la estudió en inglés, pero todo lo artístico y cultural lo cultivó en español. --Escribía pésima poesía imitando a Pablo Neruda, ¡era horrible!--, confesó riéndose de si mismo. --Diay, somos cajas de resonancia, tenemos que imitar voces y sonidos hasta que nos va surgiendo la propia--, dije. En realidad, él como compositor de letras y música con raíces colombianas ya tiene su voz. Yo no creo tenerla en poesía, pero creo que he tenido momentos de filosofía lírica originales. --A ver cómo me va con Resilient Loving--, le dije. No le conté sobre estos Apuntes y Postales. Me da "güergüencita".

Lo que sí compartimos fue una agradable tertulia de almuerzo dominguero, matizada por un buen café vietnamita para alargarla. Luego él regresó a leer Murakami en su casa y yo me fui al Kos Kaffe a corregir exámenes. El domingo, en todo caso, ya había valido como un buen día.

lunes, 27 de marzo de 2017

Un poquito de choro, otro poquito de cumbia

El viernes me parecía, por los períodicos y los chats, que toda Tiquicia esperaba ansiosa el partido de la Sele tica en México. Pero así como cuando se espera que Costa Rica pierda, gana, cuando se espera que gane, pierde. Entonces en vez de buscar un restaurante mexicano o un bar latino para ver el partido, me fui a pasear musicalmente por Brasil y Colombia sin moverme de Barbès. Tuve razón. Los ticos nos quedamos en hablada de otro Aztecazo, pero al menos yo disfruté.

Esperaba que Regional de NY se presentara con una formación que les permitiera pasar del choro al forró, para bailar ritmos nordestinos. Tenía ganas. Pero aunque llegó el acordionista, faltó percusión. En cambio, esta vez ofrecieron algo inesperado e interesante. Eran cinco intrumentos: la guitarra, el acordeón, la pandereta, la mandolina y, para mi sorpresa, un violoncello. Y así organizaron una roda de choro inusual, sin viento: ni flauta, ni clarinete, ni saxofón pero con una violoncello. En un momento especial, se le unió una vocalista, una cantora de samba de piel dorada, ojos verdes, rizos rojizos y voz cálida que intrepretó sambas de Cartola. Eso me recordó a Analúcia, la morena paulista de rizos negros y sonrisa amplia que me presentó no solo a Cecília Meireles con su propia animación del poema "Pescaria," sino al samba de raíz con su tema favorito, "A Sorrir (O Sol Nascerá)" de Cartola. Pero de la ensoñación pronto regresé a Barbès porque tenía a una bahiana cantando ahí mismo, y del samba de Cartola pasó a interpretar piezas de Dorival Caymmi. Luego los músicos regresaron al choro y cerraron con una versión sensacional de "Um a Zero" de Pixinguinha. ¡Qué maravilla! Mi primer cd de choros de Pixinguinha también me lo grabó Analúcia. Pero esta versión me gustó en particular porque cada músico tocó un solo de la melodía principal: primero el cello, luego la mandolina, de seguido el acordeón y finalmente la guitarra, antes de que el panderetero improvisara un solo sensacional de percusión para cerrar todos juntos de nuevo con la melodía principal. ¡Qué delicia!

Ya eso habría sido suficiente deleite musical para una noche. Pero yo andaba goloso y quería cumbia y marchas colombianas interpretadas por Chia's Dance Party. El líder del grupo, Martín Vejarano, es un tipo buena gente y excelente músico que ya me había alegrado la vida junto con uno de sus otros conjuntos, Cumbia River Band.  En éste es clarinetista y pensé que ese era su instrumento, como Xinia en sus inicios, pero resulta que es principalmente percusionista y con Chia's Dance Party toca batería. La formación del conjunto era también muy especial, percusión y viento metal nada más: batería, saxofón soprano, saxofón alto, tuba y bombardino o eufonio. Éste último yo ni lo conocía pero resulta que es "uno de los ejes de la cultura musical del Caribe" colombiano. La música de Chia's tiene raíces populares y folclóricas, pero las composiciones y los arreglos de Martín son sofisticados. Él le ponía toda la energía a la batería y la voz y los demás se fajaban con sus instrumentos. El músico del sax soprano era Lívio Almeida, un paulistano que ya había conocido por medio de M. S.-A., la chilenita de los rizos castaños.  En el intervalo lo saludé y de hecho me confirmó que a los arreglos de Martín había que entrarles con todo, que era música que demandaba toda la energía física del instrumentista. Se notaba. Pero para eso estamos los bailarines de la audiencia, para acompañarlos. Entonces también le dimos con todo al baile, a paso de cumbia pero de vez en cuando con marchas y ritmos complejos que te obligaban a escuchar y dejarte ir un poco.

Y así me dejé ir. Como lo veía venir, los ticos en la cancha del Azteca esta vez no hicieron nada. Pero yo me la pasé rico, de Brasil a Colombia con el choro y la cumbia experimental.

jueves, 23 de marzo de 2017

Una bienvenida a Primavera con Yotoco

El lunes Alba me encontró esperándola despierto. Quizá por ello, me sentí un poco molido todo el día de clases. Regresé a mi casa a dormir una siesta que me revitalizó. Me desperté dispuesto a salir a bailar con Yotoco en Barbès. "P'allá me jui" a darle la bienvenida a Primavera. Había poca gente, pero Sebastián, Nati, Gabo y los muchachos nos regalaron un buen concierto a los que llegamos. La feria fue la presencia de Roberto, un músico de Santa Marta que toca música de gaita colombiana. Al final del primer set, Roberto se unió a Yotoco, tocó su gaita y cantó, mientras Sebastián tocaba otra gaita  y maraca al mismo tiempo, y el resto acompañaba. En el instante le mandé un audio a Xinita en Costa Rica. Me respondió: "Eso puede bailarse como swing criollo. ¿Qué es?" Le expliqué que era gaita, el origen de la cumbia. Nos gustó. 

En el intermedio pedí una negra irlandesa en la barra, levanté la jarra a la salud de la Divina y la Primavera, bebí el primer sorbo, y busqué Sebastián. Me presentó a Roberto: buena gente, me explicó el origen indígena de la gaita y la adaptación que hicieron para sus ritmos los afrodescendientes en Colombia. Sólo esto ya valió el boleto. Pero en el segundo set además de cumbia hasta bailé un bolero y un chachachá con una gringa animada: aunque no diera bien los pasos, se adaptaba y disfrutaba. Terminé feliz, me despedí rapidito de los chochamus y regresé a casa. El tiempo primaveral estaba tan agradable que caminé hasta casa.  Me acompañaron mi Sol de media noche, dos mapaches en busca de comida y un gato negro con una estrella blanca pintada en el pecho y la cara. Cosas veredes un martes de madrugada en las cercanías del parque.

Un hasta pronto a Tsun-Hui

Quedamos de ver la película Manchester by the Sea en mi apartamento el domingo por la noche. Yo esperaba a Tsun-Hui para preparar una cena sencillita antes de ver la cinta. Pero cuando llegó, ya había cenado con su amiga Fortuna. Ah. Bueno. Malentendido. Ni modo. Me preparé una merienda sencilla: tostadas de pan multigranos con hummus, aceitunas y rodajas de tomate. Abrí la botella de Pinot Noir del valle del río Willamette que ella trajo, serví una copa para cada uno y nos sentamos a ver la peli. 

La fotografía del Atlántico en la escena inicial, cuando una barco de pescadores se acerca a puerto en la costa de Massachusetts, ya me cautivó. Y la cinta me mantuvo completamente inmerso en su mundo por un par de horas. Es la historia de un tío huraño, de vida solitaria, que vive en Boston pero regresa a su pueblito costeño pues debe hacerse cargo como guardián de su sobrino. Poco a poco vas descubriendo porqué el tío, de naturaleza cariñosa y responsable, ha vivido así, tan aislado, por varios años. Y te deja devastado. Tanto que Tsun-Hui lloró y lagrimeó por largo rato, pero calladita y quietecita, como muchacha asiática, así como para que yo no me diera cuenta. Pero yo no le podía decir nada porque tenía la garganta hecha un nudo. Si hubiera intentado hablar, no habría podido hacerlo sin que se me quebrara la voz. Entonces me quedé callado con el cogote hecho un colocho hasta el final. Y el desenlace te deja en silencio. Así nos quedamos hasta que pasaron todos los créditos. 

Después del silencio me dijo: --¿Quizá era muy triste para un domingo en la noche?--.  Pero a mí me pareció que valió la pena aunque fuera un domingo. La vida puede ser muy dura. El corazón humano puede romperse pero busca restaurarse y vivir. No hay garantías, quizá no logre recomponerse del todo, pero lo sigue intentando. --Al menos la vimos juntos, no quisiera haberla visto sola--, puntualizó. Asentí en mi mente, sin decirlo.

Nos despedimos rápido. Tsun-Hui aún debía regresar a su apartamento en Manhattan y prepararse para el lunes. Y yo tenía que preparar una lección de filosofía moderna. Antes de despedirnos, le pregunté cómo se sentía para su viaje a Tokio. Va a entrevistarse con tres empresas. Se siente ilusionada. Yo me alegro por ella aunque bien sé que Nueva York me va a parecer una ciudad de ocho millones de personas menos una muy importante cuando ya no esté. Justamente por ello, un simple domingo de película con ella es un tesoro para mí. 

   

miércoles, 22 de marzo de 2017

Un hasta luego a Ladama


Las muchachas de Ladama Project entran al escenario en Union Pool, un bar de varios ambientes, incluyendo billares, un gran vestíbulo y la sala de conciertos, en Williamsburg. Para las chicas es su último concierto de esta gira por la Yunai que ya ha cumplido cuatro meses. Las conocí un poquito tarde pero me alegro de escucharlas una vez más antes de que Mafer regrese a Barquisimeto, luego Daniela a Bogotá, Lara a Recife y Sara se quede solita en Brooklyn. 

Este sábado abren con "Porro Maracatú" y me embeleza escuchar a Daniela rapeando mientras toca el tambor alegre. Luego tocan "Pajarillo" y la bandola de Mafer me lleva a la Venezuela de mi Sol. Y de allí continúa la alegría y la belleza recorriendo toda América. Sara, quien es de San Luis, Misuri, homenajea a Chuck Berry pues ha fallecido. Ella creció en el barrio del rockero negro y su mamá fue maestra de los nietos de Berry, explica. Se luce la misuriana con un clásico de los sesenta y por primera vez me doy cuenta que su potente voz en inglés tiene tonos cálidos afroamericanos, herencia de su barrio. Las chamas se lucen además con nuevas piezas. De todas, la mejor es "Sin amarras," canción de letra feminista que Daniela, la autora, le dedica a todas las mujeres en la audiencia. Cierran con "Cumbia brasilera," la pieza más bailable de todas en vivo, y el corazón se me inunda de alegría como el cuerpo. Pero la audiencia pide "otra, otra, otra" y las garotas complacen con "Boa noite," un coco, ritmo recifense. Después del concierto, conversamos bastante. Daniela está muy feliz, dice. Mafer anda alegre y bailamos un poco con la música del DJ. Luego converso con Lara y me entretengo escuchando su acento pernambucano. Saudades do Recife

Al rato, las muchachas tienen que sacar sus instrumentos de la zona de detrás del escenario. Es hora de decir "hasta luego". Las gurias a lo suyo, yo a lo mío. Se van a casa pero regresan en setiembre a Brooklyn a lanzar su disco que ya ha quedado grabado. 

 

lunes, 20 de marzo de 2017

Alba

  Alba me ha encontrado
  esperándola despierto.
  Acostado de espalda,
  frotándome mis propios pies
  con la punta fría de mis dedos,
  respirando profundo, con cadencia,
  intentando sentir sin pensar,
  anhelaba la caricia 
  de sus níveas manos
  en mis párpados cerrados.

domingo, 19 de marzo de 2017

Atrasado en la Avenida H

Miércoles. La inquietud me mantuvo despierto de madrugada. Me dormí casi al alba y me he levantado un poco tarde. No sólo he perdido el B68 de las 9:51 am, sino también el de las 10:01. Para colmos el de las 10:11 ha pasado atrasado, a las 10:19. Resultado: voy con el tiempo justo para llegar a la clase de filosofía moderna. 

No quiero mirar el reloj. Mientras observo por la ventana las montañas de nieve y hielo en la aceras y caños, se me viene un lejano recuerdo de mi infancia en San José. Mi mamá me lleva en bus de Guadalupe a la peluquería para niños en el centro de San José. A mí me gustaba porque me regalaban chupa-chupas (lolly pops). Uva era mi sabor favorito. Vamos tarde a la cita. Yo no tengo reloj. Entonces le pregunto la hora. Pero ella me aconseja que no me fije en la hora. Ya que vamos tarde, nada se gana con desesperar. Llegaremos y entonces veremos. El recuerdo me lleva a preguntarles por texto a mis papás sobre la peluquería. Mi papá me responde: la barbería Cri Cri quedaba a la vuelta de la Tienda Luconi en Cuesta de Moras, la sastrería donde trabajaba mi abuelo Hernán, de la esquina oeste, 75 metros al sur, osea, en Calle 9 entre las avenidas Central y Segunda.

Mis pensamientos están en el centro de San José durante mi infancia, pero el B68 ya ha llegado a mi parada en la esquina de la Avenida Coney Island con la Avenida H. Me bajo y camino por la H en dirección este, hacia el campus. En la esquina de la calle East 15th encuentro sentada, sobre el hielo y la nieve, una mujer indigente. Ya la había visto allí el lunes por la tarde, antes de la tormenta, en el trayecto hacia mi casa. Es afro-americana, de cuarenta y pico de años. La piel de su rostro está ajada y tiene aspecto enfermizo por el consumo de drogas.  ¿Piedra? Le faltan varios dientes. ¿Metanfetamina? Sin embargo, hay un detalle incongruente, bonito y desconcertante a la vez: lleva pintura de labios color lavanda.

Sus ojos imploran y sufren. Paso de frente, pero diez metros después me detengo, me doy vuelta y le pregunto si quiere una manzana, la que llevo para mi merienda. Me dice que quiere un café para calentarse. Camino veinticinco metros hasta el Deli de la Avenida H al lado de la estación del tren Q. Entro y a la dueña, una señora china de sesenta años, le pido un café. $1.25 por algo de sabor y calor. Salgo, le llevo el café a la mujer y cuando extiende el brazo para recibirlo me percato de que está tiritando de frío. Las manos le tiemblan y con dificultad me recibe el café. -God bless you-, me dice. "Dios la oiga, señora, y que los ángeles la amparen". No sé cómo se salvará de una pneumonía.

Continúo. Llegaré tarde. Ya no importa.