martes, 13 de octubre de 2015

Dos poetisas, un filósofo y un poeta en el correo de Park Slope


Hago fila en la oficina de correos de Park Slope para comprar estampillas. Quiero enviar hoy mismo tus postales, las nuestras y la mía a España. Atrás mío hace fila una mujer menudita y rubia, de ojos gatos, vestida toda de negro pero sonriente, con su hijo. Ella le da el paquete que piensa enviar y el chiquito le dice:

—Lo quiero de regalo.

—No es un regalo para vos, es para enviar a Alemania —ella le responde con cariño.

¿Qué es Malimaña?

—Alemania. Es un país en Europa. Para allá enviaremos el libro— le explica ella, mientras yo me doy cuenta que pronuncia la “ll” rehilando, como me explicaste que hago yo también, aunque no de forma tan marcada como esta rioplatense en la fila.

—¿Qué es un país? —pregunta ahora el chiquilín, como les dicen por aquellos lares a los niños.

—Otro lugar, como Argentina —le explica.

—¿Ustedes son de Argentina? —le pregunto. Ya sé la respuesta pero lo que quiero es conversar.

—Sí, ¿y vos?

—Yo soy de Costa Rica.

—Ah, ¿en serio? Justo le voy a enviar esto a un poeta. Creo que es costarricense pero está en Berlín.

—¿Cómo se llama? —le pregunto, interesado por saberlo y también por contártelo a vos.


—Ah, sí, claro, es muy buen poeta, bastante reconocido además. Me gusta su poesía —. Al decir esto pienso que vos y yo podríamos leer algún poema de Chaves juntos. —¿Y vos sos poeta también?

Ella asiente con la cabeza, un poco tímida, y añade:

—Sí, justo le estoy enviando mi libro.

Yo mientras tanto leo su primer nombre, Silvina, en el espacio del remitente en el sobre. Me pregunta:

—¿Y vos?

—No, soy filósofo, pero me gusta mucho la poesía —. Al decir esto pienso que vos sí sos poetiza, por corazón y talento.

A la poetisa presente le explico que soy profesor en Brooklyn mientras le pido las estampillas a la dependiente del correo. Hablando con las dos me enredo un poco. Vos te reirías. Pero no quiero hablar sobre mí, sino averiguar más sobre ella y su poesía:

—¿Y tu libro está en alguna librería por acá? —. Pienso que lo podría buscar y luego compartirlo con vos.

—Todavía no, pero pronto estará en la McNally — y yo supongo que será la McNally Jackson.

—¿Y te llamás Silvina? Vi tu nombre en el sobre —confieso, aunque ella ya lo había notado.


Mientras recibo las estampillas anoto el nombre en mi memoria. Me despido de ella y mientras le pongo las estampillas a las postales pienso que pronto iré a la McNally a buscarte el libro.

domingo, 11 de octubre de 2015

Silencio en Kensington después del Sukkot

En los días anteriores al Sukkot o Fiesta de los Tabernáculos, mis vecinos judíos se dedicaron a construir sus cabañitas de madera en patios y balcones. Ellas recuerdan las tiendas que llevaron sus antepasados nómadas consigo por el desierto durante el éxodo. Ya habían bienvenido el año 5776 durante Rosh Hashanah y observado el día del perdón y el arrepentimiento sincero durante Yom Kipur. Yo me preparé para escuchar a mis vecinos de al lado conversar y cantar al reunirse y comer o cenar en sus cabañas. Desde que llegué a vivir a mi calle brooklyniana hace más de nueve años, me ha parecido su celebración más expresiva y alegre.

Durante la tercera noche del Sukkot, salí a la calle de noche con rumbo a la lavandería. Debía lavar mi ropa y sábanas para recibir a mi visita. Me topé con tres muchachos ortodoxos cantanto alegremente. Vestían sus sombreros, trajes enteros y zapatos negros y su camisa blanca: todo muy sobrio. Pero cantaban en hebreo, batían palmas y bailaban. 

En el club social diagonal a mi casa, los viejillos rusos habían sacado sus mesas a la acera para improvisar una terraza al aire libre, como todas las noches de temperatura agradable. Jugaban dominó y backgammon mientras bebían té y fumaban. Los tres bailarines y cantantes de fiesta se les acercaron y les cantaron. Les invitaron a bailar pero los viejos continuaron inmutables e impávidos, fumando, bebiendo y jugando. Sin apachurrarse por esto, los muchachos continuaron su rumbo hacia la esquina de mi calle. Desembocaron en la avenida Ditmas y continuaron por ésta hacia el este. Les vi alejarse, siempre haciendo jolgorio

Por varias noches mi visita y yo continuamos escuchando a mis vecinos cantar y reir mientras cenaban. Yo me alegré por y con ellos. Generalmente sobrios, incluso sombríos, durante esta fiesta les escuché gozosos, como todos los otoños.

El día después del fin del Sukkot, temprano por la mañana, desde mi cama les escuché desmontando su cabaña en el patio. Me entristecí un poco. Pero aún estaba mi visita en casa para alegrarme. Esta noche, sin embargo, ya está todo en silencio de nuevo.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Eid-al-Adha en Church Avenue

Al atardecer, mientras camino a la estación del tren F en Church Avenue, veo que las familias de mis vecinos musulmanes se preparan para una fiesta. Las mujeres y la niñas bengalíes llevan sus saris más elegantes y coloridos, además de bellos hijabs para cubrirles el cabello. Una de ellas, piel canela, cara alargada, nariz afilada, ojos negros, de unos treinta años de edad, luce un hijab escarlata que contrasta con su sari negro. Yo nunca he visto uno tan encendido y fulgurante. Los hombres mayores visten, casi todos, panjabis blancos con bordados color hueso en el pecho, sobre pantalones también blancos. Sus barbas son ya blancas también, aunque algunos la tiñen de rojo como el Profeta. Los más jóvenes visten panjabis  de colores muy vivos como verde esmeralda o turquesa o rojo. Los panjabis son los camisones amplios, sin dobleces en el cuello y de manga larga, de cortes rectos, que les descienden hasta las rodillas. Casi todos calzan sandalias de cuero. 

Caminan en grupos familiares o de amigos hacia las casas donde se reuniran a cenar y celebrar. Entonces caigo en la cuenta de que es el final del hajj--la peregrinación a La Meca--y celebran la fiesta Eid-al-Adha en honor a la fe de Ibrahim, quien estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac.

Mientras los observo con cariño supongo que mis vecinos kosovares también celebrarán la fiesta, aunque no escuché movimiento en su casa esta tarde. Pienso entonces en Fatmir y su padre. Sus familiares celebrarán Eid reunidos en Brooklyn. Ellos dos por su parte han cumplido ya con el hajj en La Meca. Me pregunto si será este mi último Eid en tierras brooklynianas. Si así fuese, mucho he aprendido de la fe y generosidad de mis vecinos. Eid Mubarak.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Indicios prematuros del otoño en Prospect Park

En las canchas de béisbol los niños ya no juegan a la pelota, como dicen los caribeños, sino que juegan fútbol estadounidense. En la copa de un arce joven, las hojas se incendian en fulgor rojiamarillo. En la playita del laguito el agua está calma y límpida. Una tortuguita de ribetes también rojiamarillos en la cabeza nada y salta al ras del fondo arenoso. Un filósofo la contempla sin cavilar. La luz del final de la tarde, agradable y tibia, le acaricia la espalda y extiende la sombra de un hombre sin prisas, como la tortuga, sobre el fondo arenoso.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Festival bengalí en Kensington

Salí de casa rumbo a la piscina. Para llegar al metro debí caminar hacia el norte y pasar por Bangladesh, es decir, por el barrio begalí. Cuando llegué a la avenida C escuché música y canto. Pensé por un momento que quizá vendría de la mezquita de los bengalíes musulmanes en McDonald Avenue. Pero descarté la conjetura casi de inmediato. No me parecía una recitación del Corán y además cantaba una mujer. Me desvíe de mi camino rumbo al canto que me atraía como si fuera de sirenas. Cual Ulises sin amarras, seguí la voz que me atraía.

Al llegar a la esquina de McDonald con la C, descubrí una maravilla: un festival bengalí. En una tarima que hacía de escenario, una mujer vestida en un sari color vino tinto, con detalles dorados, cantaba sosteniendo siempre notas muy agudas. La acompañaba un grupo convencional de teclados, batería, bajo y guitarra eléctrica. La observaba una multitud de varios cientos, quizá un par de miles, de personas. Me acerqué. 

Mientras escuchaba las canciones, siempre agudas las notas de la cantante, observé a la gente. Las mujeres vestían saris multicolores. Si miraba a la multitud con ojos de pintor impresionista, veía anaranjados, verdes, rojos, fucsias, púrpuras, azules, negros, amarillos, turquesas, celestes y lilas todos mezclados pero asombrosamente armoniosos. Si observaba los detalles, veía estampados de múltiples figuras, a menudo de flores pero también de innumerables combinaciones geométricas, o encontraba bordados hermosos, cuidadosos y elaboradísimos. 

Observando tales detalles me entretenía cuando caí en la cuenta, además, de que había mujeres musulmanas e hindúes. Las primeras vestían su hijab; las segundas, cuando eran casadas, llevaban su tilaka en la frente, como una gota de sangre amorosa entre sus cejas.

Los hombres por el contrario vestían, en su mayoría, ropas "occidentales" (por desconocer yo un mejor término): camisas, pantalones y sandalias industrializadas. Sin embargo, solo los hombres bailaban. Justo al frente del escenario, un grupo de muchachos danzaba animadísimo. Brincaban levemente y principalmente movían los hombros y los brazos al ritmo de la música. Se sacaban a bailar entre ellos y se abrazaban con alegría. Solamente algunas niñas bailaban, pero también corrían y jugueteaban. Para ellas no era baile sino juego.

La tarde era fresca y el cielo permanecía nublado. Se sentía ya alguna brisa otoñal, aunque fuera prematura. Conforme el sol descendía al oeste, en dirección al río Hudson, las nubes se abrieron lo suficiente para ver algunos celajes, en tonos pasteles de amarillos y celestes. 

La cantante del sari vino tinto, que llevaba el negrísimo cabello recogido, le cedió el escenario a una cantante vestida en un sari de turquesas y púrpuras esplendorosos. Su cabello, también sedoso y azabache, le caía hasta los hombros. Allí me quedé, escuchando música y observando gente, hasta que el anochecer señaló el final del festival y la multitud, muy lentamente, comenzó a dispersarse camino a casa.

Nunca llegué a la piscina. Me distrajo la vida.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Fatmir peregrina a La Meca

Toco la puerta del apartamento de mis vecinos kosovares. Fatmir y su familia han recogido mi correo del buzón todos estos meses que he hecho camino de peripatético. Entonces quiero saludarlos, regalarles un café tico que ellos prepararan a la turca y desembarazarlos de mi correo. 

Me abre la puerta su hijo. Ya se acerca a los once años, calculo, y se ha estirado bastante en estos meses. Sigue rubio, su cabello aún no se ha oscurecido con la edad, y su piel se ha bronceado durante el verano. Me da la mano y le pregunto cómo están. Él y su familia se encuentran bien, alhamdullilah. Le pregunto por Fatmir y me cuenta que se ha ido a Albania a recoger a su padre (el abuelo del chiquito) para peregrinar juntos a La Meca. Recuerdo cuando una amiga musulmana me explicó por la primera vez que ese peregrinaje--el Hajj --es uno de los pilares del Islam. Todo musulmán con los medios y la salud para hacer el peregrinaje, debe hacerlo. 

Visualizo entonces a Fatmir yendo a su tierra, en medio de los Balcanes, para buscar a su padre. De allí viajarán juntos al encuentro, en tierras árabes, de miles y miles de fieles. Experimentarán los rituales de su fe. Imagino a mi vecino, mi prójimo, feliz, satisfecho, agradecido por poder vivir la experiencia del Hajj y compartirla con su padre. Quizá algún día la haga con su hijo. Insha'Allah.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Tras tres días brooklynianos

Llego de madrugada un martes y me lleva a casa una taxista mexicana. Pura vida es ella. De camino hay un gravísimo accidente en el Beltway. La presa es interminable y demoramos el triple del tiempo habitual para llegar a casa. Pero gracias a la Vida y a mi paisana latina llego bien al barrio de Kensington y a mi cuevita, sin accidentes. Duermo un rato y al mediodía ya estoy en reunión y tras quince minutos pienso: "Qué bostezo!" Luego, por la tarde, preparo las clases. Eso sí me ilusiona, aunque sean sobre Sócrates el necio y Kant el prusiano.

El miércoles camino bajo un sol picante, sintiendo el calor asfixiante, hasta la U. Agrede el sol. Pero conocer a los alumnos/as me ilusiona y ya en la clase disfruto con ellos/as, "vacilando" al pesado de Sócrates y compandeciéndonos de Kant, el cuadrado.

Al final de la tarde me voy de compras a regañadientes, todavía sintiendo la asfixia causada por el cemento y el asfalto hirviendo. No encuentro lo que busco. Pppfff. El tren G me lleva a casa. Al hacer la cena, me siento exhausto. Pero recibo un paquete tuyo que incluye el libro de "tu" Jaime y leo el poema que me dedicás y me siento feliz.

El jueves llueve a cántaros mientras camino a la U y aún hace calor sofocante. Siento que estoy caminando en el Caribe tico, bajo la lluvia y en medio de una cortina espesa de humedad. Llego a la U sudado y con los pies empapados. Pero de todos modos con los/as muchachos/as me divierto. Pobre Kant, se tomaba tan en serio sus rigideces. Era buena gente pero demasiado cuadrado. Aunque claro, seguro yo soy demasiado cuadrado para otros. Ah.

Al regresar a casa, se viene el aguacero. Entonces decido irme en bus. Pero las presas en la avenida J son interminables y me exaspero. Prefiero caminar aunque me empape. Me bajo del bus. A pie avanzo más rapido hacia el oeste que los pobres tipos y tipas que se agreden mutuamente en sus carros, y nos agreden a los peatones, a bocinazos. Entro a la estación de la Avenida J y agarro el tren Q al norte hasta Cortelyou. 

Me bajo más tranquilo. Camino a casa bajo la lluvia. Me tienta entrar al bar Sycamore, ese que frecuentaba con mi compa canadiense, a tomar una birra. Pero mi compa se fue al Japón y no quiero extrañarlo y la verdad prefiero llegar a casa. Cuando lo hago, estoy empapado. Pero pongo la música de José González que me regalaste, aquella que escuchamos juntos una mañana de domingo, y la oigo mientras me tomo una birrita inglesa. Entonces todo me parece pura vida tras tres días brooklynianos.